Lección # 1- FRENTE AL LIBRO ETERNO

Indice
 

 1. Introducción
 2. El Pan Espiritual del creyente
 3. ¿Por qué debemos leer y meditar en la Palabra?
 4. ¿Hay poder para mi vida?
 5. ¿Cómo se puede aprender a usar esta Palabra?

 
INTRODUCCIÓN

    Muchísimas personas han considerado la Biblia como un libro difícil de entender; pero es un error. San Jerónimo escribió: "Ignorar la Escritura es ignorar a Cristo". Los discípulos la entendieron y de esa manera pudieron comprender el misterio de su vida humilde, llena de dolores y sin embargo gloriosa. Jesús durante su ministerio en esta tierra demostró a sus discipulos que su divina misión había sido predicha con varios milenios de anticipación por los profetas del Antiguo Testamento.

    “Y comenzando de Moisés, y todos
    los profetas, declarábales en todas
    las Escrituras lo que de él decían”
    (San Lucas 24:27).

    Por consiguiente, mediante el Antiguo Testamento podemos penetrar en el Nuevo y descubrir al Señor Jesucristo. El viejo adagio de San Agustín sigue siendo una verdad: "El Nuevo Testamento está escondido en el Antiguo; el Antiguo Testamento está revelado en el Nuevo".

    Los llamados Padres de la Iglesia: San Crisóstomo, San Agustín, San Jerónimo y otros, recomendaron calurosamente la lectura diaria y el estudio de las Santas Escrituras. El papa Gregorio I, el Magno, escribió: "¿Oué es la Santa Escritura sino una carta que el Dios Todopoderoso dirige a sus criaturas? No cabe duda de que si recibieses una carta del emperador, sin tener en cuenta el lugar donde te fuese entregada, no te darías reposo hasta saber qué deseaba de ti tu soberano terrestre. Sin embargo, el Emperador del cielo, el Señor de los ángeles y de los hombres, te manda una carta que concierne a tu vida, ¡y no te preocuparás por leerla! ¡Oh, mi querido hijo estudia y medita cada día las palabras de tu Hacedor! Aprende en la palabra de Dios a conocer el corazón de Dios" (Carta al Dr. Teodoro).

    El papa Benedicto XV declaró en su encíclica Spiritus Paracletus (1920): "¿Quién no puede ver las ventajas y el gozo que una lectura piadosa de los libros santos puede infundir a los ánimos bien dispuestos? Acercaos a la Biblia con el espíritu de piedad, con fe, humildad y con deseo de perfeccionaros. Veréis entonces que os resulta posible participar del pan venido del cielo".

EL PAN ESPIRITUAL DEL CREYENTE

     Asi como nuestro cuerpo necesita cada die cierta cantidad de alimento pare conservarse con salud, asi también nuestra alma necesita el Pan de vida. Escrito esta:

     “No con sólo el pan vivirá el hombre,
     mas con toda palabra que sale de la
     boca de Dlos” (San Mateo 4:4).

    ¿Declararemos que pertenecemos a Dios? Si lo hacemos, tomemos en cuenta estas palabras del apóstol:

     “El que es de Dlos, las palabras
     de Dlos oye”(San Juan 8:47).

¿POR QUÉ DEBEMOS LEER Y MEDITAR EN LA PALABRA?

  En vista de que la Santa Biblia es la Palabra de Dios y que Nuestro Señor Jesucristo es la Palabra de Dios hecha carne, ambas, la Palabra escrita y la Palabra hecha carne, deben estar en perfecta armonía. Una debe reveler a la otra; una debe testificar en favor de la otra. Esto es exactamente lo que declara nuestro Señor.

   “Escudriñad las Escrituras, porque a vosotros
 los parece que en ellas tenéis la vida eterna;
 y ellas son las que dan testimonlo de mí. “
 (San Juan 5:39).

  “Y él les dijo: Estas son las palabras que os hable,
 estando aún con vosotros: que era necesario que
 se cumpilesen todas las cosas que están escritas
 de mí en la ley de Molsés, y en los Profetas, y en
 los Salmos” (San Lucas 24:44).

     Cuando se estudia con cuidado la vida de nuestro Señor, se comprende cuán perfectamente puso en práctica, hasta en los menores detalles de su vida, las enseñanzas de la Santa Palabra. Rechazar esta Sagrada Palabra de Dios es rechazar al Hijo de Dios. Rechazar a nuestro Señor es desechar las Santas Escrituras, tanto las del Nuevo Testamento como las del Antiguo. La Santa Biblia es un libro cuyas palabras son imágenes que nos dan a conocer a Jesús, el hombre-Dios.

     Antes de la revolución de 1917, había en el palacio imperial de la capital de Rusia una galería de arte en cuyas paredes se veían 850 retratos de mujeres jóvenes. Constituían un regalo of recido a la emperatriz Catalina 11 por el conde Rotari, que había recorrido cincuenta provincias de Rusia en busca de sus modelos. Cada uno de esos retratos tenía cierto parecido con la soberana. Cuidadosamente disimulados y apenas perceptibles aún para el observador alerta, esos parecidos se notaban en una actitud, un adorno, una joya, un vestido o algún detalle personal de la zarina.

    La Palabra de Dios es una galería de cuadros que presentan atributos del Hijo de Dios, el Salvador del mundo. Podemos contemplar un retrato profético de Jesús: un símbolo, un acto, una representación, un suceso, una parábola, un poema, una lección objetiva, una historia- sencilla, y todo nos muestra al Hijo de Dios. El está en todo, visible para quien busca sinceramente la verdad. Cuanto más estudiemos la Palabra de Dios, mejor descubriremos los detalles que revelan a nuestro divino Salvador, la Palabra hecha carne.

¿HAY PODER PARA MI VIDA? 

   Cierto joven que había llevado una vida disoluta estaba examinando las pocas cosas que le había dejado su madre al morir y encontró entre ellas un ejemplar de las Santas escrituras. Abrió el libro sin saber por qué y en la primera página en blanco notó algo escrito por ella. Le había dejado un mensaje precioso. Se conmovió profundamente al leer estas palabras: “Este libro te alejará del pecado; el pecado te alejará de este libro “.

      “En mi corazón he guardado
      tus dichos para no pecar contra
      Dios” (Salmo 119:11)


      La Palabra de Dios es nuestra protección y salvaguardia contra el pecado. En ella encontramos poder cuando nos vemos tentados a hacer el mal Mientras nuestro Señor era tentado por el diablo en el desierto, se defendió citando la Palabra de Dios. Tres veces rechazó al tentador con las palabras: "Escrito está (San Mateo 4:4, 7, 10). Y San Pablo nos aconseja:

     “Por lo demás, hermanos míos,
     confortaos en el Señor, y en la
     potencia de su tortalezaTomad...
     la espada del Espiritu; que es la
     palabra de Dios “ (Etesios 6:10, 17).

    El versículo 11 nos dice que obrando así resistiremos las asechanzas del diablo. La Palabra de Dios es una espada probada gracias a la cual podemos resistir al pecado en nuestra vida. "Es poder de Dios para salvación" (Romanos 1 :16, VM).

    Los antiguos sarracenos eran célebres por sus espadas. Algunas de esas armas existen todavía, mayormente las fabricadas en Damasco. Se asegura que la hoja se forjaba con hilos de acero entrelazados y fusionados mediante un pro-ceso secreto sobre un inmenso bracero en el que ardía carbón de leña. Una de las características de esas espadas era su flexibilidad. Podían juntarse la punta con la empuñadura sin que la hoja se rompiera. Eran tan resistentes que podían atravesar cualquier armadura. Eran tan filosas que podían cortar un pañuelo de seda sostenido en el aire.

    La "espada del Espíritu", la Palabra de Dios, lleva entre tejidos muchísimos hilos de verdad. Mediante el proceso secreto de la potencia espiritual muchos preceptos han sido reunidos en una misma arma sumamente poderosa, la Santa Biblia. Hablando de la espada del espíritu, el apóstol declara:

     "Porque la palabra de Dios es viva y
     eficaz, y más penetrante que toda
     espada de dos filos; y que alcanza
     hasta partir el alma, y aun el espíritu,
     y las coyunturas y tuétanos, y discierne
     los pensamientos y las intenciones
     del corazón (Hebreos 4:12).

     No temas cuando todo parezca volverse contra nosotros y la tentación resulte casi irresistible. Armémonos con la espada del Espíritu, y veremos que el "que es poderoso para guardarnos sin caída" (San Judas 24) no permitirá que seamos vencidos.

¿CÓMO SE PUEDE APRENDER A USAR ESTA PALABRA? 

     En primer lugar, leyéndola. Nadie puede leer la Palabra de Dios, aunque sea incidentalmente, sin verse afectado de alguna manera. Cuanto más nos dediquemos a leer el Libro, mayor será su influencia sobre nosotros. Sin embargo, algunos leen la Palabra como la leía el etiope, y, como él, preguntan: "¿Y cómo podré (entenderla), si alguno no me enseñare?" (Hechos 8:31). La Palabra de Dios es tan sencilla y, sin embargo, son tan profundas las verdades que contiene, que a veces a los principiantes les cuesta entendería 0 leerla con provecho. Por otra parte, el apóstol San Pedro nos dice:

     “Ninguna protecia de la Escritura es
     de particular interpretación” (2 San Pedro 1:20).

    No debemos servirnos de esa espada sino utilizando los métodos claramente enseñados en la Biblia. Si preferimos fiar en nuestro propio juicio, comete-remos errores. La mayor parte de la Escritura fue escrita en lenguaje literal y debe compren-derse literalmente. El resto está en lenguaje simbólico. Cuando se la estudia, deben tenerse en cuenta ciertas normas que da la misma Biblia referentes a su interpretación.

    a) Escudririarla con diligencia. No basta leer la Santa Biblia. Es necesario conocerla, y escudriñarla de continuo.

     “Escudriñad las Escrituras, porque a
     vosotros os parece que en ellas tenéis
     la vida eterna; y ellas son las que den
     testimonio de mi” (San Juan 5:39).

     “Si vosotros permaneciereis en mi
     palabra, seréis verdadera-mente mis
     discípulos. Y conoceréis la verdad,
     y la verdad os libertará”. (San Juan 8:31, 32).

    Si un turista estudia constantemente los mapas que le señalan los caminos que debe seguir, no se extravía. Así sucede también con la Palabra de Dios. Sólo en la medida en que la aceptemos como nuestra guía y nos adaptemos a las instrucciones que encontremos en ella podremos comprender las verdades espirituales.

     “Desde la niñez has sabido las Sagradas
     Escrituras, las cuales te pueden tracer sabio
     para la salud” (salvaclón) (2 Timoteo 3:15).

     b) Estudiarla diariamente. San Pablo elogió a los cristianos de Berea porque "recibieron la palabra con toda solicitud, escudriñando cada día las Escrituras, si estas cosas eran así" (Hechos 17:11). Tal es la clave del poder en nuestra propia vida. Permanecer en la Palabra de Dios es estudiarla cada día. El estudio de ella nos probará que el Evangelio "es potencia de Dios para la salud (salvación) a todo aquel que cree" (Romanos 1:16). Debemos familiarizarnos con las enseñanzas de la Palabra de Dios.

    c) Seguir sus instrucciones. L a Palabra de Dios nos pone en guarda contra un peligro que acecha a los cristianos. Se refiere a algunos "que siempre aprenden, y nunca pueden acabar de llegar al conocimiento de la verdad" (2 Timoteo 3:7). Es algo que puede suceder, y que sucede, a los que no están dispuestos a seguir las instrucciones contenidas en la Palabra de Dios. Son muchos los que no quieren poner su vida en armonía con las enseñanzas del Libro.

    El caso que sigue ilustra bien esta verdad. Cierto predicador enumeraba alqunos de los pecados que desvían a los hijos de Dios. Cada vez que se mencionaba un pecado, una señora anciana aprobaba audiblemente. Pero cuando el predicador condenó el pecado favorito de ella, ésta con tanta energía como la que había usado al aprobar, protestó: "Ya no predica; ahora está entrando en un terreno que no le corresponde".

    Todos corremos el riesgo de reaccionar como esta anciana. La Santa Biblia nos parece un Libro maravilloso hasta que condena uno u otro de los pecados que cometemos o alguna creencia errónea; nos apartamos del Libro santo protes-tando contra las reprensiones de la espada del Espiritu, que es la Palabra de Dios. Una de las primeras leyes que debe observar el soldado de la cruz es aceptar las reprensiones de la Santa Biblia. Si verdaderamente deseamos obedecer a Dios, él nos mostrará qué es la verdad. Nuestro Señor dijo:

     “El que quisiere hacer su voluntad, conocerá
     de la doctrina si viene de Dios” (San Juan 7:17).

     “Volveos a mi reprensión: He aquí os derramaré
     mi Espíritu, y os haré saber mis palabras" (Proverbios 1:23).

     d) Estudiarla por temas. La Palabra de Dios trata diversos temas. Con buenos motivos Dios nos la dio en una forma que nos oblige a escudriñarla.

    En efecto, salvo en escritos tales como los de San Pablo -la epistola a los Romanos-, las doctrinas de la Biblia no se presentan en un orden sistemático, como para una mentalidad lógica o cientifica. No. Las grandes verdades de la redención son para todos: hombres, mujeres, niños, ancianos, no importa la capacidad mental o el grado de ilustración. De ahí que estén expresadas en un lenguaje accesible a todos y no se den en un frio razonamiento filosófico. Y si bien son principios divinos y eternos, se dan en casos humanos; por eso a menudo aparecen entretejidas con hechos de la vida de un hombre o mujer, o se dan como un pro-verbio o declaración. El hombre tiene que descubrir esas perlas generalmente dispersas y agruparlas por temas. Haciéndolo, aprende en el esfuerzo, amplia su mente en la contemplación de esas verdades, desarrolla su espiritualidad al ajustar su vida a ellas.

    El Autor de la mente humana conoce como ninguno sus leyes, y actúa sabia y pedagógicamente con sus criaturas a quienes quiere salvar. Un niño en su proceso de conocer el mundo que lo rodea no adquiere el conocimiento todo de una vez. Y así, al ver por primera vez un árbol no llega a saberlo todo acerca de él sino que hoy percibe algo, y mañana otro poco, y cuando sea grande estudiará las funciones vitales del árbol y adquirirá un conoci-miento científico sobre la materia. ¿No se abrumaría a ese niño si se pretendiera darle una clase de ciencias al respecto? ¿Y no se haría lo mismo con quien comienza a estudiar los temas bíblicos si se lo cargara de inmediato con el cuerpo completo de doctrinas?

    Todo el que estudia la Biblia, al igual que un niño irá aprendiendo un poquito primero, algo más después, y asi continuará a lo largo de los años hasta alcanzar un admirable conocimiento de la doctrina. Pero debería hacerlo bajo la inspiración y guía del Maestro de Galilea, quien hoy sigue enseñando a los hombres con aquella sabiduría que lo caracterizó cuando estuvo en la tierra y que hizo de él el Maestro supremo de la humanidad.

    A medida que aprendemos a estudiar la Santa Palabra, procuremos mantenerla pura de toda contaminación, de todo error y tradición humana. Somos soldados de la cruz y como tales tendremos que comparecer un día delante de nuestro gran jefe. Dios dice:

     “Yo protesto a cualquiera que oye las palabras
     de la profecía de este libro: si alguno añadiere
     a estas cosas, Dios pondrá sobre él las plagas
     que están escritas en este libro. Y si alguno
     quitare de las palabras del libro de esta profecía,
     Dios quitará su parte del libro de la vida, y de la
     Santa ciudad, y de lo que está a escrito en este
     libro “ (Apocalipsis 22:18, 19).

    Una maestra de escuela envió a uno de sus alumnos a la biblioteca pare que buscara en la enciclopedia alguna información acerca de los zorros. El joven se vio en dificultades porque nunca antes había consultado una enciclopedia y no sabía dónde encontrar la información requerida. Decidió comenzar con la lectura del primer tomo y continuar hasta que llegase a la palabra zorro. Sin duda alguna adquirió muchos conocimientos en el curso de su lectura, pero nada concerniente ai tema que le interesaba, hasta que llegó casi al final de la enciclopedia.

    La Santa Biblia se compone de cierto número de libros, y, como la enciclopedia, abarca una cantidad de temas. Supongamos que deseemos conocer todos los datos relativos a la victoria definitiva del bien sobre el mal. Si comenzamos leyendo el libro de Génesis, que es el primero de la Santa Palabra, tendremos que leer mucha tiempo antes de encontrar lo que nos interesa en el Apocalipsis, que es el último libro de la Biblia. Salta a la vista que para conocer la doctrina bíblica es necesario estudiar separadamenté los diversos temas que trata.

    e) Estudiarla bajo la inspiración del Espiritu de Dios. El Espiritu Santo enseñará al creyente a usar las Santas Escrituras.

     “Lo cual también hablamos, no con doctas
     palabras de humana sabiduría, mas con
     doctrina del Espíritu, acomodando lo espiritual
     a lo espiritual” (1 Corintios 2:13).

    Bajo la dirección del Espíritu Santo, debemos comparar los pasajes de la Escritura unos con otros. Tal fue el método que siguió nuestro Señor para que los discípulos le entendiesen.

     “Estas son las palabras que os hablé... que era
     necesario que se cumpliesen todas las cosas que
     están escritas de mí en la ley de Moisés, y en los
     Profetas y en los Salmos. Entonces les abrió el
     sentido para que entendiesen las Escrituras”
     (San Lucas 24:44, 45).

     Tal como lo hace el Espíritu Santo, cuando nuestro Señor explicaba los escritos sagrados tomaba los pasajes y las declaraciones de la fe, los profetas y los salmos, y los combinaba hasta que la luz de su pleno significado resplandecia en la mente de los discípulos. Cristo conduciía oaso a paso a sus seguidores, de una porción de la Escritura a otra, hasta que entendían claramente el tema que les estaba enseñando. Por eso ellos comprendían correctamente las Sagradas Escrituras, y cuando a su vez les tocó enseñarlas a otros, no presentaban ninguna interpretación personal ni aceptaban las afirmaciones de un hombre o un grupo de hombres, sino la doctrina pura del Señor. Así debieran obrar ios discípulos de troy.

     “Abre mis ojos y miraré las maravillas
     de tu ley “(Salmo 119:18).

    Estas palabras son una oración. Antes de abrir las páginas sagradas, siempre debemos pedir al diving Autor del Libro que    nos ayude a comprender lo que leemos.

    La Voz de la Esperanza y la Escuela Radiopostal, basan sus enseñanzas en los magníficos principios de las Sagradas Escrituras. A medida que vayamos abriendo el Libro de Dios, nuevas verdades se irán presentando delante de nuestros ojos.

    Estimado alumno, siga estudiando estas lecciones y estamos seguros que sentirá que la paz del cielo irá colmando su Vida.


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