Lección # 5- EL ORIGEN DEL DOLOR 
 

Indice

 1. Introducción
 2. ¿Creó Dios al diablo?
 3. ¿Por qué no destruyó Dios al diablo desde el comienzo?
 4. La obra de satanas entre los hombres de la tierra
 5. La Victoria sobre el Diablo

 

INTRODUCCIÓN

    Una de las maravillas de nuestros días la constituyen los robots industriales, esas comple-jísimas herramientas que son capaces de armar automóviles, soldar tableros completos de circuitos electrónicos y realizar difíciles análisis de laboratorio, sin que los toquen manos humanas. Es evidente que estas asombrosas herramientas auto-máticas no podrían hacer todo esto si no hubiese detrás de ellas inteligencias invisibles, que pro-gramaran las computadoras que las dirigen.

    Así también, en el mundo en que vivimos, personas que por muchos años hemos considera-do buenos vecinos, de pronto cometen actos terribles, sin que podamos explicarnos por qué, a no ser que admitamos la existen-cia de una fuerza oculta que los ha impulsado a hacerlo. El mundo se ve acosado por trage-dias que superan la imaginación. ¿Cómo suceden tales cosas? ¿Por qué? La Palabra de Dios nos revela claramente que una inteligencia maestra, invisible para los ojos humanos, origina los odios, las rencillas, los críme-nes, las guerras, y todos los pecados. Esa inteligencia es el diablo, o Satanás.

    El Nuevo Testamento lo men-ciona 71 veces. Todo el que acepte la Palabra de Dios debe creer que este ser existe, porque ella enseña su existencia, y nuestro Señor Jesucristo lo confirma. Leamos:

    “Y les dijo: Yo veía a Satanás,
    como un rayo, que caía del cielo”
    (San Lucas 10:18).

    “Y fue hecha una gran batalla en el
    cielo: Miguel y sus ángeles contra el
    dragón; y lidiaba el dragón y sus ángeles,
    y no prevalecieron, ni su lugar fue mas
    hallado en el cielo. Y fue lanzado fuera
    aquel gran dragón, la serpien-te antigua,
    que se llama diablo y Satanás, el cual
    engaña a todo el mundo; fue arrojado
    en tierra, y sus ánge-les fueron arrojados
    con él” (Apocallpsis 12:7-9).

 

¿CREÓ DIOS AL DIABLO? 

    Todo lo que Dios hace es perfecto. Por consiguiente, no creó al diablo tal como es hoy. Sin embargo,
encontramos en la Escritura la declaración de que Satanás "fue arrojado" del cielo. ¿Cómo se explica que estuviese allí? Veamos:

    “Hijo del hombre, levanta endechas sobre el
    rey de Tiro, y dile: Así ha dicho el Señor
    Jehová: tu echas el sello a la proporción,
    lleno de sabiduría, y acabado de hermosura.
    Tú, querubín grande, cubridor; yo te puse;
    en el santo monte de Dios estuviste...
    Perfecto eras en todos tus caminos desde
    el día que fuiste creado hasta que se halló
    en ti maldad” (Ezequiel 28:12,14, 15).

    Bajo el símbolo del "rey de Tiro" se presenta a este ángel poderoso. Se dice que fue "per-fecto" "desde el día" en que fue "creado" hasta que en él se halló . . . "maldad". Quiere decir que en determinado momento de su existencia Satanás era un ángel del cielo, perfecto, dotado de gran hermosura y de mucha sabiduría. Originalmente no era el diablo. Y, sin embargo, hoy lo es, y es, además, el enemigo mortal de Dios y del hombre.

    El profeta Isaías nos da infor-mación acerca del autor del pecado:

    “¡Cómo caíste del cielo, oh Lucero, hijo de
    la mañana! Cortado fuiste por tierra, tú que
    debilitabas las gentes. Tú que decías en tu
    corazón: Subiré al cielo, en lo alto junto a las
    estrellas de Dios ensal-zaré mi solio, y en el
    monte del testimonio me sentare, a los lados
    del aquilón; sobre las alturas de las nubes
    subiré, y seré semejante al Altísimo” (Isaías 14:12-14).

    En compañía de su Hijo Jesús, el Padre creó todas las cosas y a todos los seres celestiales, inclusive a Lucifer, nombre que significa "hijo de la mañana". Pero éste fue seducido por su propia belleza (Ezequiel 28:17). Y deseó ser igual a Dios.

    El pecado no tiene razón de ser. Lucifer ocupaba el puesto más encumbrado en el Universo después del Hijo de Dios. Pero el
orgullo y el egoísmo que nacie-ron en él lo impulsaron a suble-varse contra el gobierno divino. Esta rebelión estalló como guerra declarada (Apocalipsis 12:7), y el ángel caído, a quien se llamó desde entonces Satanás, "fué arrojado" del cielo con sus ángeles que lo habían seguido en la rebelión. El orgullo y el egoísmo, que son pecados, no pueden existir en presencia del Dios de amor.

    “Enaltecióse tu corazón a cause de tu hermosura,
    corrompiste tu sabiduría a causa de tu resplandor:
    yo te arrojaré por tierra” (Ezequiel 28:17).

    Entre Miguel el arcángel, es decir, Nuestro Señor Jesucristo, y Lucifer se entabló una lucha que aún no ha terminado. Lucifer originó la rebelión, la cual pro-sigue fuera del cielo y está loca-lizada en nuestro planeta.

    El autor del pecado tentó e hizo caer a nuestros primeros padres aquí en la tierra, y les arrebató su dominio y libertad. Conocemos la historia. El capítulo tres de Génesis explica cómo sucedió. Desde entonces el diablo ha sometido a sus tenta-ciones a la familia humana. Jesús, el Hijo de Dios, quien había vencido al usurpador cuando éste fue expulsado dei cielo, descendió a la tierra y asumió "forma de siervo" a fin de poner de nuevo nuestro planeta bajo el dominio de Dios y, sobre todo, librar a los hombres de las garras del maligno.
 

¿POR QUÉ NO DESTRUYÓ DIOS AL DIABLO DESDE EL COMIENZO? 

    Al principio no se conocía el pecado. La creación de Dios era perfecta. Cuando en la mente de Satanás surgió el deseo de que él podía ser semejante al Altísimo (Isaías 14:12-14), y luego cuando afirmó a nuestros primeros padres que comiendo de la fruta prohibida, es decir, desobede-ciendo a Dios "serán abiertos vuestros ojos y seréis como dioses" (Génesis 3:5), dio origen a la filosofía atea de que el hombre puede vivir sin Dios.

    En la profecía de Apocalipsis 12:4 se nos dice que el dragón, símbolo de Satanás, arrastró una tercera parte de las estrellas (ángeles) y todos fueron arrojados en tierra.

    “Y fue lanzado fuera aquel gran dragón, la serpiente
    antigua, que se llama diablo y Satanás, el cual engaña
    a todo el mundo; fue arrojado en tierra, y sus ángeles
    fueron arrojados con él” (Apocalipsis 1 2:9).

    Satanás es el engañador por excelencia. Hasta el momento en que se rebeló contra Dios, no se conocía la mentira. Naturalmente, cuando ese ángel poderoso comenzó a mentir y a engañar, los ángeles no podían comprender lo que sucedía. De igual manera Satanás levantó en la tierra un falso concepto de Dios.

    “El, homicida ha sido desde el principio, y no permaneció
    en la verdad, porque no hay verdad en él. Cuando habla
    mentira, de suyo habla; porque es mentiroso, y padre de
    la mentira” (San Juan 8:44).

    No se podía demostrar inme-diatamente el horror del pecado. Había que dar tiempo para que las consecuencias demostrasen su enormidad y la falsedad de las afirmaciones de Satanás.

    “El ladrón no viene sino para hurtar,
    matar, y destruir” (San Juan 10:10).

    Dios podía declarar que el diablo era todo eso, pero se requería tiempo para compro-barlo. Era necesario demostrar que, si se le presentaba la oca-sión, Satanás trataría de destruir hasta al Creador. Lo hizo cuando impulsó a los perseguidores de nuestro Señor Jesucristo a cla-varlo en la cruz del Calvario. Era necesario que el pecado se mani-festara en toda su fealdad para que un día el mundo quedara libre de él. Entonces los pecado-res y los ángeles admitirían sin vacilación la justicia y el amor de Dios. Esto es exactamente lo que ha sucedido y está sucediendo.

     “Grandes y maravillosas son tus obras,
    Señor Dios Todo-poderoso; justos y
    verdaderos son tus caminos, Rey de
    los santos. ¿Quién no te temerá, oh
    Señor, y engrandecerá tu nombre?
    Porque tú solo eres santo; por lo cual
    todas las naciones vendrán, y adoraran
    delante de ti, porque tus jui-cios son
    manifestados” (Apocalipsis 15:3, 4).

    “Para que en el Nombre de Jesús se
    doble toda rodilla de los que están en
    los cielos, y de los que en la tierra, y
    de los que debajo de la tierra; y toda
    lengua confiese que Jesucristo es el
    Señor, a la gloria de Dios Padre”
    (Filipenses 2:10, 11).

    No hay nada que justifique la presencia del pecado. No tiene excusa. Cuando todo ser inteli-gente, en el cielo y en la tierra, haya comprendido qué es el pecado, y los ángeles caídos, juntamente con los hombres perdidos, hayan confesado su derrota frente a Dios, cuando el diablo y sus obras sean destrui-dos, el pecado jamás volverá a levantar su odiosa cabeza.

    "¿Qué pensáis contra Jehova? El hará
    consumación, la tribulación no se levantara
    dos veces" (Nahum 1:9).

 

LA OBRA DE SATANAS ENTRE LOS HOMBRES DE LA TIERRA

    “Y dijo Jehová a Satán: ¿De dónde vienes?
    Y respondiendo Satán a Jehová, dijo: De
    rodear la tierra, y de andar por ella” (Job 1:7).

    Las actividades de Satanás están limitadas actualmente a este mundo. Hemos leído en la Escritura que fue arrojado a la tierra, que su ira es grande porque ha perdido la guerra, y que se ha ensañado terriblemente con los seres humanos:

    “Sed templados, y velad; porque vuestro
    adversario el diablo, cual león rugiente,
    anda alrededor buscando a quien devorar”
    (1 San Pedro 5:8).

    Juan Sánchez era constructor. Alto y robusto, era un hombre alegre y de buen carácter. Había entre sus obreros uno físicamen-te débil y de temperamento vio-lento, que le ocasionaba bastan-tes molestias. Cierto día éste se portó de manera particularmente grosera y fue despedido.

    Con el corazón lleno de odio abandonó el trabajo y juró vengarse de Juan. Durante mucho tiempo busco la ocasión de perjudicar a su ex jefe, pero no se atrevía a atacarlo pues sabía que el otro era mucho más fuerte que él. Pero la oportunidad se presentó, en la persona del hijo de Juan, un niñito de seis años. Cierta vez, cuando el niño jugaba cerca del bosque, lo llevó entre los árboles, lo torturó y al fin le dio muerte. El cobarde había volcado, en un niñito que no podía defenderse, el odio que sentía hacia el padre.

    Del mismo modo, Satanás no es bastante poderoso pare vencer a Dios. Por eso, para vengarse del Padre, ataca a sus hijos. Cuando ve que uno de ellos se aparta del camino recto, aprove-cha para torturarlo y producirle la muerte espiritual si puede. Su propósito es hacer sufrir a Dios y a su Hijo, al destruir a aquellos por quienes el Señor Jesús murió. Leemos en la Santa Palabra cómo procuró el diablo apoderarse de San Pedro:

    “Simón, Simón, he aquí Satanás os ha
    pedido para zarandaros como a trigo”
    (San Lucas 22:31).

    Satanás indujo a Judas a trai-cionar a su Maestro, y luego a suicidarse dominado por la desesperación.

    En el Evangelio según San Juan, capitulo 10, versículo 10, encontramos que lo que Satanás hace es robar, mentir y matar. ¡Qué contraste con el amor de nuestro Señor, quien desea que todos tengan vida en abundancia!

    “¡Ay de los moradores de la tierra y del mar!
    Porque el diablo ha descendido a voso-tros,
    teniendo grande ira, sabiendo que tiene poco
    tiempo. Entonces el dragón fue airado contra la
    mujer; y se fue a hacer guerra contra los otros de   
    la simiente de ella, los cuales guardan los
    mandamientos de Dios, y tienen el testimonio
    de Jesucristo" (Apocalipsis 12:12,17).

    Satanás aborrece a Dios. Odia a la Iglesia de Cristo, simbolizada en el versículo precedente por una mujer pura, odia a los hijos de Dios y a todo lo bueno. Por esto combate los mandamientos divinos. En el libro de Daniel leemos que perseguiría a los creyentes mediante potencias terrenales e intentaría cambiar "los tiempos y la fe" (Daniel 7:25). Miremos en derredor y veremos con cuánto éxito ha sembrado sus mentiras y maldades.

    Nuestro Señor enseñó que Satanás aflige despiadadamente a los hombres. Es el acusador de los hermanos y no ama a nadie. Causa torture mental, física y espiritual a todos los que caen bajo su poder.

    “Y a esta hija de Abrahán, que he aquí Satanás
    la había ligado dieciocho años, ¿no convino
    desatarla de esta ligadura...?” (San Lucas 13:16).

 

¡LA VICTORIA SOBRE EL DIABIO! 

    El diablo sabe que está derrotado cuando ve de rodillas, orando, al más débil de los hijos de Dios. ¡Alabado sea el Señor porque el diablo fue vencido en la cruz del Calvario! La Palabra de Dios nos enseña cómo podemos alejarlo de nuestra vida

    “Someteos pues a Dios; resistid al diablo, y
    de vosotros, huirá” (Santiago 4:7).

    Dirá usted: ¿Cómo puedo resistir al diablo? La respuesta es: sólo podrá hacerlo por medio de Aquel que ya lo venció: Nuestro Señor Jesucristo. El dice:

    “Mas confiad, yo he vencido al mundo”
    (San Juan 16:33).

    “Hijitos, vosotros sois de Dios, y los habéis
    vencido; porque el que en vosotros está,
    es mayor que el que esta en el mundo”
    (1 San Juan 4:4).

    En el amor de Jesús reside el poder que dominará nuestra naturaleza pecaminosa, por medio de la cual el príncipe de las tinieblas procura hacernos caer. Cuando nos veamos ten-tados, refugiémonos en el Señor Jesucristo. Apoyémonos en esta promesa maravillosa:

    “Porque vendrá el enemigo como río, mas el
    Espíritu de Jehova levantará bandera contra él”
    (Isaías 59:19).

    ¿Cómo venceré el pecado en mi vida?

    “Porque todo aquello que es nacido de Dios vence
    al mundo; y esta es la victoria que vence al mundo,
    nuestra fe. ¿Quién es el que vence al mundo sino
    el que cree que Jesús es el Hijo de Dlos?”
    (1 San Juan 5:4, 5).

    Hay poder en el nombre de Jesús. El venció al diablo. También puede tomar posesión de nuestra vida y desterrar de ella el pecado. El es nuestra única esperanza. Nuestra victoria depende de nuestra fe en su poder.

    Cierto hombre quería librarse del vicio del tabaco. Fue a ver a un buen amigo y le preguntó qué debía hacer si, por no fumar más, caía gravemente enfermo. El amigo le preguntó: ¿Preferíria usted ceder antes que morir? No había pensado en eso. Desde ese instante decidió que era mejor morir victoriosamente antes que vivir como esclavo. Luego pidió a Dios que le ayudara, y obtuvo la victoria.

    “Ellos le han vencido por la sangre del Cordero,
    y por la palabra de su testimonio; y no han amado
    sus vidas hasta la muerte” (Apocalipsis 12:11).

    Nuestro Señor dijo:

    “Yo he venido para que tengan vida,
    y para que la tengan en abundancia”
    (San Juan 10:10).

    Sí, apreciado amigo, repitá-moslo: hay poder en el nombre del Señor Jesús. Recurra usted a este nombre admirable en la hora de la tentación. Acuda a Nuestro Señor Jesucristo cuando Satanás lo asalte. El nombre de Cristo es el santo y seña para obtener la victoria. Y mientras fijamos nuestra con-fianza en el Salvador, velemos y oremos para que el enemigo de nuestras almas no pueda influir en nuestra vida.
 
 
 
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