Lección # 6- ¿QUE DEBO HACER PARA SER SALVO? 

Indice
 

 1. Introducción
 2. El Don de Dios
 3. ¿Qué Debo hacer?
 4. ¿Cómo puedo Saberlo?
 5. ¿Cómo y a Quién debemos confesar nuestros pecados?
 6. De regreso en la Familia de Dios?

 

INTRODUCCIÓN

    En la lista interminable de preguntas que ha hecho el hombre y que todavía puede hacer, hay una más importante que todas las demás: "¿Qué debo hacer para obtener la vida eterna?"

    La vida eterna vale más que todas las riquezas de la tierra ¿Qué ganaría un hombre si llegara a poseer todo el mundo y luego perdiera su alma? Si perdemos la morada eterna que nuestro Señor nos fue a preparar, lo perdemos todo, y más valdría que no hubiéramos nacido.

    La Palabra de Dios afirma que todos somos pecadores:

    “Como está escrito: No hay justo,
    ni aun uno... Todos pecaron, y están
    destituidos de la gloria de Dios”
    (Romanos 3:10, 23).

    Si, nuestra condición es desesperada; todos estamos condenados a muerte eterna. Pero Dios nos ama. Quiere librarnos de la esclavitud del pecado y darnos felicidad. Preparó un plan, el plan de salvación, gracias al cual todos los hombres pueden salvarse si así lo desean:

    “Porque de tal manera amó Dios al mundo,
    que ha dado a su Hijo unigénito, para que
    todo aquel que en el cree, no se pierda,
    mas tenga vida eterna” (San Juan 3:16).

    Jesucristo, el Hijo de Dios, se revistió con la naturaleza humana. Se identificó con los pecadores y, sin embargo, vivió sin pecado. Finalmente, llevando en sí la iniquidad del mundo, murió en la cruz. Es "el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo" (San Juan 1:29). Es el Salvador que reconcilia a las criaturas con el Padre celestial. Pagó el rescate exigido por la ley violada. Somos salvados por su vida sin pecado y por su muerte expiatoria, y sabemos que "en ningún otro hay salud (salvación); porque no hay otro nombre debajo del cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos" (Hechos 4:12).

    Esta lección tiene por objeto mostrar que Dios ofrece al hombre la salvación y qué es lo que debe hacer para poseerla. En este asunto intervienen dos partes: Dios y el hombre.
 

EL DON DE DIOS 

    "La gracia es un auxilio sobrenatural que Dios nos concede por los méritos de Jesucristo, para nuestra salvación. Se llama sobrenatural, porque nadie puede obtenerlo por sus propias fuerzas”.

    “Porque por gracia sois salvos por la fe;
    y esto no de vosotros, pues es don de Dios.
    No por obras, para que nadie se glorie”
    (Efesios 2:8, 9).

    "Sin el socorro de la gracia divina, no podemos concebir ni ejecutar ninguna cosa útil para la santificación de nuestras almas. No que seamos suficientes de nosotros mismos dice el apóstol -para pensar algo como de nosotros mismos, sino que toda nuestra suficiencia es de Dios (2 Corintios 3:5). Porque Dios es el que en vosotros obra así el querer como el hacer, por su buena voluntad (Filipenses 2:13). Pero a fin de que la gracia pueda ayudarnos eficazmente, tenemos que cooperar con ella, o por lo menos no debemos resistirla" (Cardenal Gibbons, La Fe de Nuestros Padres, pág. 290).

    Con esto, penetramos en el dominio de lo sublime. Es un dominio en el que nos sentimos totalmente extraños. San Juan resume en tres palabras la más hermosa, la mayor y la más eterna de todas las verdades: "Dios es amor" (1 San Juan 4:8).

    Si, Dios nos ama. ¿Estamos desalentados, afligidos, desesperados? Recordemos que Dios nos ama. Nos ama con amor eterno, con amor ilimitado, con amor constante y sincero. Conoce nuestras preocupaciones y nuestros dolores; simpatiza con nuestras debilidades. Nos ama. No podemos comprender toda la misericordia, la compasión, la paciencia, la longanimidad y la ternura que caben en este amor. Ningún amor humano, ni siquiera el de la madre más tierna, puede compararse con el amor de nuestro Padre celestial hacia cada uno de nosotros.

    Importa mucho que sepamos esto: Dios no se complace en torturar a sus criaturas  en aplastarlas con exigencias      inflexibles. Por el contrario, procura con todo empeño sustraerlos a la sentencia de muerte que pesa sobre ellas sin por ello claudicar de su justicia. Dios nos ama y desea salvarnos. En su amor desea ardientemente que nadie perezca sino que todos puedan vivir felices y libres.

    “En esto se mostró el amor de Dios para
    con nosotros, en que Dios envió a su Hijo
    unigénito al mundo, para que vivamos por
    él” (1 San Juan 4:9).

    Pero si ha de oír la voz de Dios, el hombre debe sentir la necesidad de ser salvo. Debe admitir la realidad de la afirma-ción bíblica: "Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso" (Jeremías 17:9), y que es hijo "de ira" (Efesios 2:3) y que está separado de Dios. Es necesario que reconozca que por sus propias fuerzas no puede librarse del pecado. Pero, al mismo tiempo, tiene que recibir la revelación del amor de Dios, por los medios especiales de que se vale la Providencia para llevarlo a descubrir, por un lado las per-fecciones divinas y por otro su indignidad.

    Entonces, agobiado bajo el peso de su culpabilidad, se humilla y de todo corazón se arrepiente y suplica a Dios -cuyo amor insondable comienza a entreverse- que lo libre del mal.
 

¿QUÉ DEBO HACER? 

    “Oído esto, fueron compungidos de corazón,
    y dijeron a Pedro y a los otros   apóstoles:
    Varones hermanos, ¿qué haremos? Y Pedro
    les dice: Arre-pentios, y bauticese cada uno de
    vosotros en el Nombre de Jesu-cristo para
    perdón de los peca-dos; y recibiréis el don del
    Espíritu Santo” (Hechos 2;37, 38)
.

    “El que encubre sus pecados, no prosperar:
    mas el que los confiesa y se aparta, alcanzará
    misericordia” (Proverbios 28:13).

    Dios presenta tres condiciones pare perdonar: el arrepentimiento, la confesión de nuestros pecados y la aceptación    de nuestro Señor como Salvador personal.

    El arrepentimiento supone un pesar sincero y auténtico por haber pecado. Es un movimiento que nos impulse a desviarnos de todo lo que conocemos como malo. El verdadero arrepentimiento es producido por la potencia convincente del Espíritu Santo (San Juan 16:8). Es un don gratuito de Dios a toda alma que quiera recibirlo (Hechos 5:32). El Espíritu Santo es quien produce esta convic-ción y este arrepentimiento en todos los corazones que se entregan a su influencia. El verdadero arrepentimiento nos inducirá a confesar nuestros pecados a Dios para recibir su perdón. Así halló David el perdón de sus pecados:

    “Confesaré, dije, contra mi mis rebeliones a
    Jehova; y tú perdonaste la maldad de mi
    Pecado” (Salmo 32:5).

    “Por tanto, si trajeres tu presente al altar, y allí
    te acordares de que tu hermano tiene algo contra ti,
    deja allí tu presente delante del altar, y vete, vuelve
    primero en amistad con tu hermano, y entonces ven
    y ofrece tu presente. Concíliate con tu adversario presto,
    entretanto que estás con él en el camino” (San Mateo 5:23-25).

    Nuestra confesión a Dios debe ser bien definida. Debemos reconocer y especificar los pecados y faltas que hemos cometido. En relación con nuestra confesión a Dios, y según lo demuestran los textos que acabamos de citar, si sabemos que hemos ofendido a alguno en palabras o acciones, debemos buscarlo y confesarle humildemente nuestra falta hacia él y solicitar su perdón. El apóstol Santiago nos recomienda: "Confesaos vuestras faltas unos a otros, y rogad los unos por los otros', (Santiago 5:16). Es posible que nos hayamos apropiado de bienes que no nos pertenecían. Debemos entonces restituirlos (Ezequiel 33:1 5).

    Cuando se acepta al Señor Jesucristo como Salvador, se realice este milagro:

    “De cierto, de cierto os digo: El que oye mi palabra,
    y cree al que me ha enviado, tiene vida eterna; y no
    vendrá a con den ación, mas pasó d e muerte a vida”
    (San Juan 5:24).

    Todo ser humano, por naturaleza, está condenado a muerte por la ley de Dios, porque todos pecaron. "Cualquiera que hace pecado, traspasa también la ley; pues el pecado es transgresión de la ley" (1 San Juan 3:4). Pero Cristo murió en la cruz en nuestro lugar, y desde el momento en que lo recibimos como nuestro Salvador personal pasamos de muerte a vida, dejamos de estar bajo la sentencia de muerte pronunciada por la ley de Dios y entramos en la vida eterna recibida por la fe en Cristo.
 

¿CÓMO PUEDO SABERLO? 

    ¿Cómo puedo saber que mis pecados han sido perdonados?

    “Si confesamos nuestros pecados,
    él es fiel y justo para que nos perdone
    nuestros pecados, y nos limpie de toda
    maldad”  (1 San Juan 1:9).

    Sabemos que nuestros pecados han sido perdonados cuando hemos cumplido las tres condiciones exigidas: el arrepentimiento, la confesión especifica a Dios de la falta, y la fe en Jesucristo como nuestro Salvador personal. Una vez que hemos cumplido con estas condi-ciones, podemos confiar en las promesas de Dios. Nuestros pecados están perdonados y podemos agradecer al Señor ese perdón completo y gratuito.

    Cuando hacemos nuestra parte, Dios siempre hace la suya. Tan ciertamente como que hemos confesado nuestros pecados, Dios nos ha perdonado. Cuando nos postramos delante de Dios para confesar nuestras faltas, debemos, una vez hecho, agradecer a Dios por habernos perdonado.

    No basta una confesión de labios. Debe haber ciertos sentimientos que inspirar dicha confesión:

    a) Dolor por el pecado cometido: "Por tanto denunciaré mi maldad; congojaréme por mi pecado" (Salmo 38:18).

    b) Arrepentimiento: "Y Pedro les dice: Arrepentios, y bauticese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo pare perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo" (Hechos 2:38).

    c) La voluntad de renunciar al pecado: "El que encubre sus pecados, no prosperará: mas el que los confiesa y se aparta, alcanzará misericordia" (Proverbios 28:13).

    d) La resolución de reparar el mal cometido: "Habla a los hilos de Israel: El hombre o la mujer que cometiere alguno de los pecados de los hombres, haciendo prevaricación contra Jehová, y delinquiere aquella persona; confesarán su pecado que cometieron, y compensarán su ofensa enteramente, y añadirán su quinto sobre ello, y lo darán a aquél contra quien pecaron" (Números 5:ó, 7).

    "Y diciendo yo al impío: De cierto morirás;
    si él se volviere de su pecado, e hiciere juicio
    y justicia, si el impío restituyere la prenda,
    devolviere lo que hubiere robado, caminare
    en las ordenanzas de la vida, no haciendo
    iniquidad, vivirá ciertamente y no morirá"
    (Ezequiel 33:14, 15).

   e) Estar dispuesto a perdonar a quienes nos hayan ofendido: "Porque si perdonareis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial. Mas si no perdonareis a los hombres sus ofensas, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas" (San Mateo 6:14, 15).
 

¿CÓMO Y A QUIÉN DEBEMOS C0NFESAR NUESTROS PECADOS? 

    Si he pecado contra mi Dios, y contra mi hermano, ¿qué debo hacer, según nuestro Señor Jesucristo y sus santos apóstoles? El apóstol Santiago declare:

    “Confesaos vuestras faltas unos a otros, y rogad
    los unos por los otros, pare que seáis sanos”
    (Santiago 5:16).

    Los unos por los otros... ¿He calumniado a mi hermano? ¿Le defraudé? Mi deber es ir a él y decirle: "Hermano, pequé contra ti Lo lamento. ¿Quieres perdonarme?" No seria lógico ni justo que le pagáramos a la compañía de teléfonos nuestra cuenta con la zapatería. El mismo principio debe obrar en la confesión de nuestras faltas. No debemos confesarle a Pedro nuestra ofensa a Juan. Y si mi pecado concierne solamente a Dios, en el secreto de mi cámara diré: Padre celestial, pequé contra ti Perdóname en el nombre de mi Salvador.

    La admirable oración de nuestro Señor pone en nuestros labios estas palabras:

    “Perdonanos nuestras deudas, como
    también nosotros perdonamos a nuestros
    deudores” (San Mateo 6:12).

    Unicamente el que fue ofendido puede perdonar la ofensa. Los apóstoles Santiago, San Juan y San Mateo concuerdan en esta cuestión, y sabemos que el Espíritu Santo de Dios los inspiró.

    Los creyentes, como seres humanos, son susceptibles de ofenderse unos a otros, de herirse el uno al otro, de pecar el uno contra el otro; pero deben confesarse mutuamente sus faltas, luego confesarlas a Dios e implorar su perdón por los méritos de nuestro Señor Jesucristo.

    Recordemos la historia de Simón el Mago, que se cuenta en el libro de Los Hechos. Estuvo dispuesto a entregar una gran suma de dinero pare recibir el Espíritu Santo con el fin de realizar por su medio milagros y prodigios. Dijo a los apóstoles:

    “Dadme también a mi esta potestad,
    que a cualquiera que pusiere las manos encima,
    reciba el Espíritu Santo” (Hechos 8:19)
.

    Pero el apóstol San Pedro lo reprendió diciéndole:

    “Arrepiéntete pues de esta maldad,
    y ruega a Dios, si quizás te será
    perdonado el pensamiento de tu
    corazón” (Hechos 8:22).

    Notemos que San Pedro no invitó a Simón a que se confesara a él, sino que le dijo: "Ruega a Dios". Es que San Pedro sabia, como lo sabemos nosotros, que:

    ”Hay un Dios, asimismo un mediador
    entre Dios y los hombres, Jesucristo
    hombre” (1 Timoteo 2:5).

 

DE REGRESO EN LA FAMILIA DE DIOS 

    Llegar a ser cristiano no es tan complicado como Satanás quisiera hacernos creer. Nuestro Señor dijo:

    “De cierto os digo, que si no os volviereis,
    y fuereis como niños, no entrareis en el reino
    de Dios” (San Mateo 18:3).

    La filosofía, la teología o la ciencia no pueden transformar a nadie en cristiano. Lo único que puede realizar este milagro es una fe sencilla y plena en nuestro Señor, la misma fe que los hijos tienen en sus padres. Sin esta confianza perfecta, sin esta disposición de seguir a Cristo doquiera nos conduzca, no podremos entrar en el cielo. Pero esta fe sencilla y esta obediencia gozosa están al alcance de todos.

    Nuestro Señor ilustró, en la parábola del hijo pródigo, la acogida que da nuestro Padre celestial al pecador arrepentido. Recordamos que el joven pródigo dejó de sentirse a gusto en la case paterna y se fue no importándole que así quebran-taba el corazón de su padre. Pronto había disipado su dinero.
 
 
 
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