Lección # 7- LA RADIOTELEFONIA DEL ALMA

Indice
 

 1. Introducción
 2. En contacto con el Poder Divino
 3. ¿Qué es orar?
 4. ¿Cómo orar?
 5. La oración que Dios oye
 6. ¿Qué pediremos en oración?
 7. Oración es sinónimo de Victoria

 

INTRODUCCIÓN

    Se dice que cierto día, mientras paseaba por el campo, Isaac Newton se sentó a descansar. De repente notó que una manzana caía al suelo. No había nada de raro en ello, pero en la mente del sabio se levantó esta pregunta: "¿Por qué la manzana, cuando se desprendió del árbol, cayó al suelo en vez de elevarse?" Las inves-tigaciones que realizó para resolver este problema lo llevaron al descubrimiento de una de las leyes eternas de la naturaleza, a saber, la de la gravedad, o de la gravitación universal como se la llama cuando se aplica a los astros. Es la fuerza de atracción que mantiene en su lugar, dentro del universo, a los cuerpos celestes. Si no existiera, nuestro planeta volaría en pedazos, o daría saltos en el espacio. Aunque esa ley ha estado obrando desde la creación del mundo, se necesitaron milenios pare descubrirla y comprenderla.

    Existe otra ley aún más poderosa que la de la gravita-ción y que es igualmente uni-versal. Es la ley de la oración. Cuando aprendemos a aplicarla a nuestra experiencia personal, descubrimos un poder insospechado que muda las circunstancias, resuelve los problemas y transforma las vidas.

    "Por tanto, os digo que todo lo que
    orando pidiereis, creed que lo recibiréis,
    y os vendrá" (San Marcos 11:24).

 

EN CONTACTO CON EL PODER DIVINO

    Quien alguna vez haya tenido ocasión de observar a un maquinista cuando mueve la palanca reguladora de una locomotora habrá notado que, a medida que se libera vapor, es decir que se abre el escape del vapor, las grandes ruedas de la locomotora comienzan a girar y adquirir velocidad. ¿Qué sucede? ¿Es acaso la fuerza del maquinista la que pone al tren en movimiento? ¿O se debe a la palanca? ¿De dónde proviene ese poder?

    La caldera de la locomotora está llena de vapor sometido a presión, que sólo espera la ocasión de surgir con fuerza para hacer girar las pesadas ruedas de la locomotora. No se lo puede ver ni sentir antes de abrir la válvula correspondiente. Pero esa válvula tampoco se puede abrir sola. Se necesita la colaboración del maquinista. Su mano tiene que tocar la palanca.

    El universo está lleno del ilimitado poder de Dios. Es invisible, pero podemos experi-mentarlo. Cuando cooperamos por medio de la oración, obra en nuestra vida. Está esperando que lo recibamos. Nos toca a nosotros colaborar con Dios extendiendo la mano de la fe pare alcanzar la válvula de la oración. Y cuando lo hacemos, las esclusas del cielo se abren y recibimos bendiciones hasta que sobreabundan.

    "Y probadme ahora en esto, dice Jehová de los
    ejércitos, si no os abriré las ventanas de los cielos,
    y vaciaré sobre vosotros bendición hasta que
    sobreabunde" (Malaquías 3:10).

    Una visita a la sale de máquinas de una central eléctrica es también muy instructiva. Allí se ven los enormes generadores. Los operarios manejan los grandes conmutadores, capaces de dejar ciudades enteras en la oscuridad o de poner en movimiento inmensas fábricas. El poder está allí, pero pare que se manifieste es necesario que se establezca el contacto por medio de esos conmutadores. Cuando se establece el contacto surge el poder y llega al lugar preciso donde se lo necesita, y el hombre, por débil que sea, adquiere poder porque está en contacto con esa fuerza.

    El ilimitado poder de Dios es inmensamente mayor que la gravedad o la energía eléctrica, pues éstas son sólo débiles manifestaciones de "su eterna potencia y divinidad" (Romanos 1:20). Pero a la grandeza de Dios, reflejada en el universo, el hombre prefirió el pecado, que lo separó completamente de la invisible fuerza del Altísimo. La oración es el conmutador que establece el contacto pare que el poder de Dios se posesione de nuestra vida y podamos así cumplir lo que la humanidad débil y pecaminosa jamás podría hacer. Hablando de la potencia de Dios, nuestro Señor dijo:

     "Toda potestad me es dada en el
    cielo y en la tierra" (San Mateo 28:18).

    Dios desea que su poder llene plenamente nuestra vida y realice en ella las obras de gracia que de otra manera no podrian ser realizadas. El apóstol San Pablo nos aconseja que mantengamos constante-mente ese contacto, pues dice:

    "Orad sin cesar"
    (1 Tesalonicenses 5:17).

 

¿QUÉ ES ORAR?

    Alguien ha dicho: "Orar es abrir nuestro corazón a Dios como a un amigo". La oración es comunión con el cielo. Es una conversación entre Dios y el hombre. Orar es ponerse en contacto con el poder de Dios.

    ¿Cómo puedo orar sin cesar? ¿Debo estar siempre de rodillas? ¿Es necesario que, sin interrup-ción, mis labios murmurar ciertas frases de adoración o peticiones? De ninguna manera. Pero sin dude debemos disponer de momentos par-ticulares consagrados a la oración, y, además, en el trans-curso del día, en diversas circunstancias, nuestro corazón puede elevarse a Dios, tal vez durante una caminata solitaria, o en medio de la multitud, o en el taller, en la fábrica o la oficina mientras trabajamos. Esas cortas plegarias nos mantendrán en comunión con la Fuente de poder que nos ayudará a cada hora del día.

    Un cristiano escribió una vez: "La oración equivale a llevar a la fuente el cántaro vacío pare llenarlo". La oración es el eslabón que nos vincula con el cielo; es el santo y seña del corazón humilde que se aproxima a la Majestad divina.

    Algunos piensan que no pueden orar porque no saben cómo hablar con Dios; no saben qué decir. No necesitamos un libro de oraciones para hablar con nuestro Padre celestial. Supongamos que un amigo viniera a hacernos una visita y se pusiera a leer un discurso en alta voz para manifestarnos lo que desea en vez de decírnoslo sencillamente. En tal caso le diríamos: "¡Por favor, deja ese libro y háblame! Quiero saber lo que piensas y no lo que dice el libro".

    La oración es una conversación de corazón a corazón con Dios. Si el joven corteja a su novia leyéndole hermosos pasajes de algún libro, ¿cuánto tiempo duraría el idilio? O si, una vez casados, siguiesen comunicándose por medio de un libro, ¿cuánto tiempo duraría el matrimonio? No nos portamos así con los que amamos, ¿no es cierto? Nuestro Señor dijo:

    "Y orando, no seáis prolijos, como los gentiles;
    que piensan que por su papelería serán oídos.
    No os hagáis, pues, semejantes a ellos; porque
    vuestro Padre sabe de qué cosas tenéis necesidad,
    antes que vosotros le pidáis" (San Mateo 6:7, 8).

Antes que nos presentemos ante él, Dios sabe todo lo que necesitamos. No es necesario que se lo repitamos sin cesar.

    "Oh, Jehová, tu me has examinado y conocido.
    Tú has conocido mi sentarme y mi levantarme,
    has entendido desde lejos mis pensamientos.
    Mi senda y mi acostarme has rodeado, y estás
    impuesto en todos mis caminos. Pues aún no
    esta la palabra en mi lengua, y he aquí, oh
    Jehová, tú la sabes toda" (Salmo 139:1-4).

    La urgencia de nuestra necesidad y nuestra sinceridad al presentarnos delante de Dios bastan para que él nos responda.

    Dios oye más a nuestro corazón que a nuestros labios cuando oramos. Nuestras palabras son tenidas mucho menos en cuenta que la since-ridad de nuestros sentimientos.

    "Jehová mira no lo que el hombre mira;
    pues que el hombre mira lo que esta
    delante de sus ojos, más Jehová mira
    el corazón" (1 Samuel 16:7).

    Por tanto, amigo que lee estas lineas, puede usted acudir con toda confianza al Señor Jesús, tal cual es, en la condición en que se encuentre, no importa cuál sea. Si el pecado le ha separado de Dios, restablezca el contacto por medio de la oración. Nuestro buen Padre celestial aguarda el regreso de su hijo pródigo y abrirá ampliamente sus brazos de amor pare recibirle. Hay descanso y paz pare el que ore. Hablemos a Dios como a la persona a quien más amamos. Es nuestro Padre y nuestro Amigo. ¿Por qué no confiar en él?
 

¿COMO ORAR?

    Debemos dirigir nuestras oraciones a nuestro Padre celestial. Al enseñarnos a orar, nuestro Señor dijo:

    "Vosotros, pues, oraréis así: Padre nuestro
    que estás en los cielos" (San Mateo 6:9).

    También nos enseñó a dirigir nuestras oraciones al Padre en su nombre:

    "De cierto, de cierto os digo, que todo cuanto
    pidiereis al Padre en mi nombre, os lo daré"
    (San Juan 16:23).

    Dios es amor. Desea que, cuando oramos, le digamos que lo amamos. Debemos ser agradecidos y revelar verdadero aprecio por lo que ha hecho por nosotros, ya sea que oremos en privado o en público.

    "Mas tú, cuando oras, entra en tu cámara, y cerrada
    tu puerta, ora a tu Padre que esta en secreto; y tu
    Padre que ve en secreto, te recompensará en público"
    (San Mateo 6:6).

     Hay en nuestra vida y en nuestro corazón muchas cosas que no podemos mencionar ni siquiera a nuestros amigos más íntimos. Pero no necesitamos observar la misma reserva con el Hijo de Dios. Podemos y debemos abrirle nuestro corazón cuando oramos a él en privado. El sabe y comprende todo lo que experimentamos.

    Nuestro gozo, nuestro amor por él, los deseos de nuestro corazón, nuestras debilidades, nuestros pecados, todo lo abarca su comprensión, porque sabe todo lo que nos concierne. Simpatiza con nosotros cuando estamos soportando una prueba aura o sufriendo tribulación. Y también se regocija con nuestra felicidad.

    "Porque no tenemos un Pontí-fice que no se pueda
    compadecer de nuestras flaquezas; mas tentado en
    todo según nuestra semejanza, pero sin pecado"
    (Hebreos 4:15).

    ¿Nos domina el temor? Oremos. Ninguna preocupación puede ser demasiado insignifi-cante pare que no la presentemos a Dios. Contémosle en oración todos los problemas que nos causan pesadumbre. Tales oraciones nos introducirán en el circulo de su misericordia, donde su gracia está a nuestra disposición hasta más allá del limite extremo de nuestras necesidades.

    ¿Es necesario tener una habitación especial pare orar? El pensamiento expresado por nuestro Señor es que podemos comunicarnos mejor con Dios cuando nos aislamos de los demás. El Maestro se retiraba a menudo aparte para orar. Pero la oración privada no se limita a una cámara secrete. La oración es una conversación del corazón, de manera que, cuando sea necesario, podemos orar aun sin mover los labios. Desde el silencio del alma los deseos de nuestro corazón pueden dirigirse al cielo. Dondequiera que nos encontremos podemos elevar una corta oración hacia el oído atento de Dios.

La oración en el hogar:

    El primer hogar, que se estableció en el huerto de Edén, era un lugar de oración. Cuando, después de la caída, Dios enseñó a nuestros primeros padres a ofrecer un cordero por su pecado, también les enseñó a orar. El hogar vino a ser la primera iglesia. Durante los primeros siglos solía reunirse toda la familia pare la oración cotidiana. Esta costumbre se ha denominado el "culto de familia". Mañana y noche, los padres tienen la oportunidad de reunirse con sus hijos para consagrar algunos instantes a la oración y al estudio de la Santa Palabra.

    "Y estas palabras que yo te mando hoy, estarán
    sobre tu corazón: y las repetirás a tus hijos, y
    hablarás de ellas estando en tu casa, y andando
    por el camino, y al acostarte, y cuando te levantes"
    (Deuteronomio 6:ó, 7).

    El Señor Jesús creció en un hogar donde se observaban rigurosamente esas instruc-ciones. Los hogares serán más felices, las relaciones más dulces y los afectos más puros donde la oración reúna a los miembros de la familia. La oración elevará en derredor de la familia como una muralla de protección contra los males de la vida. Apreciado amigo, ¿se detiene usted un momento pare orar con aquellos a quienes ama? Si no es así, ¿por qué no reúne al fin del día a su familia para la oración antes de entre-garse al reposo? Entonces sus amados recibirán las bendiciones que encierra la siguiente promesa:

    "Porque donde están dos o tres congregados
    en mi nombre, allí estoy en medio de ellos"
    (San Mateo 18:20).

 

LA ORACIÓN QUE DIOS OYE

    Para ser oídos por nuestro Padre celestial debemos:

a) Orar de acuerdo con la voluntad de Dios.

    Si, debemos pedir en armonía con la voluntad de Dios. Una oración tal siempre será oída.

    " Y esta es la confianza que tenemos en él,
    que si demandaremos alguna cosa conforme
    voluntad, el nos oye "(1 San "Juan 5:14).

    Las únicas oraciones que Dios puede contestar son aquellas que no son dictadas por el egoísmo, es decir, las oraciones altruistas, generosas, llenas de amor al prójimo.

    "Pedís, y no recibís, porque pedís mal,
    para gastar en vuestros deleites"
    (Santiago 4:3).

    Asegurémonos de lo que es en realidad la voluntad de Dios pare nosotros. ¿Cómo podremos saberlo? A fin de orar según la voluntad de Dios es necesario que seamos diligentes en el estudio de la Palabra divina, la Biblia. Ella nos promete que tales oraciones llevarán el sello de la aprobación del Espíritu Santo.

    San Pablo nos dice que el Espíritu de Dios anhela de tal manera ver que nuestras oraciones sean contestadas, que ruega a Dios cuando nosotros oramos. No sólo ruega por nosotros, sino que, como conoce la voluntad de Dios respecto de nosotros, trace suyas nuestras oraciones y las presenta a Dios de manera que conmueven el gran corazón del Padre. Si hemos pedido algo que no es conforme a la voluntad de Dios, el Espíritu Santo lo elimina de nuestra petición. Cuando no pedimos lo que debiéramos, este poder divino, como un gran amplifi-cador, presenta nuestras nece-sidades a Dios con fuerza indecible. ¿No resulta maravillo-samente consolador saber que el Espíritu Santo presenta nuestras oraciones a Dios, que nuestro Señor intercede por nuestra causa basándose en sus méritos, y que nuestro buen Padre celestial nos trata con ternura?

    "El Espíritu ayuda nuestra flaqueza: porque qué
    hemos de pedir como conviene, no lo sabemos;
    sino que el mismo Espíritu pide por nosotros
    con gemidos indecibles. Mas el que escudriña
    los corazones, sabe cuál es el intento del Espíritu,
    porque conforme a la voluntad de Dios,
    demanda por los santos" (Romanos 8:26, 27).

b) Orar con fe

    Un joven que estaba pasando por aflicciones fue un día a ver a un creyente y le dijo: "No creo en Dios, pero si usted cree en él, ruéguele por mí". Es necesario que tengamos confianza en Aquel a quien dirigimos nuestras peticiones. Digamos a nuestro vecino que tenemos confianza en él, y tengámosla, veremos cuánto beneficio nos reportará esa confianza. Creamos en Dios y veremos que su poder infinito nos bendecirá. Las Santas Escrituras dicen:

    "Sin fe es imposible agradar a Dios;
    porque es menester que el que a Dios
    se allega, crea que existe, y que es
    galardonador de los que le buscan"
    (Hebreos 11:ó).

 

c) Reconocer nuestra necesidad

    Nada pedimos a quienes nos rodean cuando nos hallamos en la abundancia. Los corazones satisfechos de si mismos sienten muy rara vez su necesidad de Dios. El promete sus bendiciones a quienes sienten verdadera necesidad de su poder.

    "Bienaventurados los que tienen hambre y
    sed de justicia: porque ellos serán hartos"
    (San Mateo 5:6).

 

d) Abandonar el pecado

    ¿Hemos quemado alguna vez el fusible de la luz en nuestra casa? Todo funcionaba bien, pero el corto circuito nos dejó en la obscuridad. El pecado también provoca un corto circuito que interrumpe nuestra conexión con Dios.

    "Si en mi corazón hubiese yo mirado a la
    iniquidad, el Señor no me oyerá"
    (Salmo 66:1 8).

    Pecar es desobedecer la ley de Dios. El pecado nos separa de la generosidad de Dios. Debemos apartarnos de él.

    "El que encubre sus pecados, no prosperará:
    mas el que los confiesa y se aparta, alcanzará
    misericordia" (Proverbios 28:13).

 

¿QUÉ PEDIREMOS EN ORACIÓN?

a) El perdón de nuestros pecados.

    En primer lugar debiéramos pedir el perdón de nuestros pecados. Nuestro Señor nos enseñó a orar diciendo: "Perdónanos nuestras deudas" (San Mateo 6:12). Una confesión sincere a Dios irá siempre acompañada de un perdón completo.

    "Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y
    justo para que nos perdone nuestros pecados,
    y nos limpie de toda maldad" (1 San Juan 1:9).

b) Más fe.

    "Creo, ayuda mi incredulidad"
    (San Marcos 9:24).

c) Sabiduría y fuerza para conocer y hacer la voluntad de Dios.

    "Si alguno de vosotros tiene falta de
    sabiduría, demándela a Dios, el cual
    da a todos abundantemente, y no
    zahiere; y le será dada" (Santiago 1:5).

 

d) Por nuestras necesidades materiales.

    Debiéramos reconocer cuán completamente dependemos de Dios pare todo lo que necesitamos y pedirle constantemente que nos provea lo que es necesario.

    "Danos hoy nuestro pan cotidiano"
    (San Mateo 6:11).

 

e) Por la curación de /os enfermos.

    "La oración de fe salvará al enfermo,
    y el Señor lo levantara; y si estuviere
    en pecados, le serán perdonados"
    (Santiago 5:15).
 

f) Por la recepción del Espíritu

    Debemos orar a Dios que nos concede el Espíritu Santo. La Santa Biblia presenta este don bajo el símbolo de lluvias que nos serán enviadas pare fertilizar nuestra vida.

    "Pedid a Jehova lluvia en la sazón tardía:
    Jehová hará relámpagos, y os daré lluvia
    abundante, y hierba en el campo a cada
    uno" (Zacarías 10:1).

 

g) En toda circunstancia.

    Las preocupaciones de los hijos de Dios no son nunca demasiado insignificantes para merecer la atención del Padre celestial.

    "No os afanéis por cosa alguna, sino que,
    en todas las circunstancias, por medio de
    la oración y la plegaria, con acciones de
    gracias, dense a conocer vuestras peticiones
    a Dios" (Filipenses 4:6 VM).

 

ORACIÓN ES SINONIMO DE VICTORIA

    Un hombre profundamente creyente en Dios, estaba a punto de morir. Uno de sus amigos lo visitó y, al cabo de un momento, el enfermo dijo: "Debiéramos orar". El visitante invitó al enfermo a orar primero. "Dios mío -dijo-, recuerdo cómo me has guiado a lo largo del camino". Luego, en SU plegaria, abrió su corazón a Dios.

    Al recordar el incidente, el visitante dijo: "No me atrevía a mover la mano en la oscuridad, por temor a tocar a Dios". ¡Tan maravillosa había sido la oración del moribundo!

    Apreciado amigo, esta lección acerca de la oración permanecerá incompleta mientras usted no haya experimentado en su vida que orar es mantenerse en presencia de Dios, es ponernos nosotros, nuestra vida, nuestro espíritu y nuestro corazón, en contacto con el Ser Divino.
 
 
 
 
                             
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