Lección # 13- ¿QUÉ ES LA MUERTE? 

Indice
 

 1. Introducción
 2. ¿Es el Hombre un ser dotado de dos naturalezas?
 3. La muerte: ¿Amiga o Enemiga?
 4. ¿Qué ocurre cuando se apaga la luz de Vida?
 5. ¿Se olvida Dios de los que duermen en la muerte?
 6. Vendrá el día de la Resurrección
 7. ¿Es inmortal el Hombre?

 

 

INTRODUCCIÓN

    Un joven conducía su automóvil por la carretera. De repente perdió el control de la dirección. El coche se desvió, chocó contra un poste de telégrafo y el joven fue lanzado sin conocimiento en medio del campo. Allí quedó inconsciente hasta que alguien lo vio y avisó a una ambulancia para que viniese a buscarlo. Después de algunas horas recobró el conocimiento, y una semana más tarde estaba aten-diendo sus negocios otra vez. Ciertos amigos suyos tenían curiosidad de saber qué había experimentado después del acci-dente y mientras se hallaba sin conocimiento. Con tal motivo se entabló la siguiente conversación:

    -Absolutamente nada - contestó el joven -. Para mí es como si no hubiese sucedido nada. -Si hubieras muerto -le preguntó otro -, ¿te hubieras dado cuenta de lo que te pasaba? - por supuesto que no. ¿Cómo podría haber estado más cons-ciente al morir que mientras estaba desmayado? -respondió. -Con todo - insistió un tercero -, habiendo estado tan cerca de la muerte habrás visto ángeles y oído melodías celestiales. ¿Estás seguro que no oíste nada? - Completamente seguro -contestó el joven -; no vi ángeles, ni oí música, ni sentí calor ni frío. No me digan que hubiera podido saber más si hubiese muerto, porque no lo creeré.
 

¿ES EL HOMBRE UN SER DOTADO DE DOS NATURALEZAS?

    Dios habría podido formar el hombre del polvo de las estrellas o de cualquier mezcla celestial, pero no lo hizo. He aquí lo que nos dice la Biblia en cuanto a la creación del hombre y su naturaleza:

    "Formó, pues, Jehová Dios al hombre del
    polvo de la sierra, y alentó en su nariz soplo
    de vida; y fue el hombre en alma viviente"
    (Génesis 2:7).

    La ciencia concuerda con este concepto del hombre. Ha descubierto que una persona de 60 kilos tiene suficiente grasa como para hacer 7 panes de jabón, el carbón necesario para fabricar 9.000 minas de lápices, tanto fósforo como para hacer 2.000 cerillas, magnesio en canti-dad suficiente para una dosis de purgante, el hierro que sé nece-sita para fabricar un clavo mediano, la cantidad de calcio conveniente para blanquear las paredes de un gallinero, bastante azufre como para librar a un perro de sus pulgas, y con el agua que contiene se puede llenar un recipiente de 35 litros. El hombre, de acuerdo con la ciencia y la Biblia, se compone de los elementos que hallamos en la tierra, pero ellos no bastaron. Se necesitaba algo para que ese cuerpo, aunque perfecto, llegara a ser un hombre, un alma viviente. Ese algo era el toque de Dios. Fue necesario que la chispa de la energía divina diese vida a esa forma inerte.

    La vida broto del ser divino, se comunicó al hombre y recorrió la red de sus nervios. Entonces los músculos se contrajeron, los pulmones entraron en acción y el hombre inspiro el aire vivificante. Dios había creado el aire de manera que respondiera a las necesi-dades del cuerpo, y cuando el hombre llenó sus pulmones, ese hálito aspirado lo convirtió en un ser animado e inteligente, es decir, en un alma viviente.

    El hombre no está dotado de dos naturalezas separadas y antagónicas, una física y otra espiritual, reunidas en el momento de la creación. Tal enseñanza no se funda en la Palabra de Dios. Según el pasaje citado, el hombre es el resultado de la combinación del polvo de la sierra con el poder vital de Dios. Es por lo tanto un ser único e indivisible, reducido a lo siguiente:

    Polvo de la sierra + soplo
    de vida = alma viviente

    Es un hecho por demás cierto que el cuerpo del hombre no puede subsistir sin la vida que alienta en sus células y que le viene de sus ascendientes hasta llegar al Creador. No bien cesa la vida, comienza la desin-tegración del cuerpo. De la misma manera, tampoco la vida y las facultades mentales y morales pueden existir fuera del cuerpo. La razón es simple: cuerpo y vida forman un todo único e indivisible al que la Biblia da el nombre de alma. De ahí que, bíblicamente, resulta inconsistente imaginar el alma separada del cuerpo.

    Ella sólo existe mientras aura la vida.
 

LA MUERTE: ¿AMIGA O ENEMIGA?

    La muerte no es la amiga que algunos quisieran hacernos aceptar. La Palabra de Dios nos dice que _ es un enemigo.

    "Y el postrer enemigo que será
    deshecho, será la muerte"
    (1 Corintios 15:26).

    La muerte es el fin del alma viviente, del ser humano. Es la destrucción de nuestro ser. La muerte es el abismo espantoso e inevitable que se halla al fin de ese camino que la Palabra de Dios llama "pecado".

    "La paga del pecado es
    muerte" (Romanos 6:23).

    ¡Cuán claro nos resulta esto cuando nos toca depositar en la tumba el cuerpo de un ser querido! El abismo lo arrebata y se rompe el circulo de nuestra familia. Ciertamente la muerte es un enemigo. No es, como algunos quisieran creer, el puente que debemos cruzar para ir de esta vida a la otra. Es la cesación de la vida. Es la des-trucción del alma.

    Cuando la energía vital de Dios ya no obra en el hombre, éste muere. Su sistema nervioso y su mente no funcionan más. Sus facultades morales quedan suspendidas también. El que en vida era un ser humano, un alma viviente, en la muerte no es más que un cadáver. El cuerpo vuelve al polvo, y el aliento de vida, o energía vital, vuelve a Dios. El Creador sencillamente retira del hombre la vida que le había prestado cuando nació. La lámpara eléctrica nos puede servir de ilustración. La lampara no es luz. La electricidad tampoco. Pero cuando la electricidad -una forma de energía - se manifiesta en la lámpara, produce luz. Podemos comparar la lámpara con el polvo de la tierra, la electricidad con la energía vital de Dios, que al unirse al cuerpo produce el alma viviente. Cortamos el paso de la corriente y no hay más luz: la lámpara se apaga. Cuando Dios suspende su energía vital, ya no hay más alma: sólo queda un cadáver.

    Todo ser humano vivo es un alma viviente y, por lo mismo, un ser inteligente. Pero los muertos no pueden ser inteligentes. Las manifestaciones de la inteligencia desaparecen con la muerte. He aquí lo que Dios dice al respecto:

    "Saldrá su espíritu, tornarase a la tierra:
    en aquel día perecerán sus pensamientos"
    (Salmo 146:4).

    "Y el polvo se tome a la tierra, como era,
    y el espíritu vuelva a Dios que lo dio"
    (Eclesiastés 12:7).

    La palabra espíritu usada en estos dos versículos no se refiere al "alma" del hombre, como algunos podrían pensar, sino que viene de la palabra hebrea rúach, que quiere decir "aliento", "soplo", "respiración". Esta palabra, entonces, se refiere al aliento o respiración del hombre, y no a otra cosa. El espíritu del hombre, por lo tanto, no es un ser autónomo con personalidad propia o con conciencia.
 

¿QUÉ OCURRE CUANDO SE APAGA LA LUZ DE LA VIDA?

    Cuando una persona muere, el alma deja de existir. Con ella desa-parecen las facultades intelectuales y morales; por lo tanto, no recuerda cosa alguna, ni siquiera a Dios. En el Salmo 88, versículos 11 y 12, indirecta-mente se llama a la muerte "la tierra del olvido", expresión acorde con lo que el mismo salmista declara en otro lugar:

    "Porque en la muerte no hay memoria de ti:
    ¿Quien te loará en el sepulcro?" (Salmo 6:5).

    En vista de que los muertos no tienen memoria de ninguna cosa, tampoco pueden alabar a Dios.

    "No alabarán los muertos a Jehová,
    ni cuantos descienden al silencio"
    (Salmo 1 15:17).

    Todas las emociones humanas concluyen con la muerte. Cuando uno muere, el amor, el odio, la envidia, y todas las funciones del alma humana se apagan como la luz de una bombilla eléctrica al cortarse la corriente.

    Los muertos no experimentan satisfacción por el trabajo realizado. No reciben recom-pensa por los esfuerzos que hicieron en vida. La muerte es un enemigo frío y cruel.

    "Los muertos nada saben,
    ni tienen más paga"
    ( Eclesiastés 9 5).

    Hasta la esperanza y la fe que teníamos cuando vivos se apagan con la muerte. El cerebro, desintegrado, no funciona más.

    "Porque el sepulcro no te cele-brará,
    ni te alabará la muerte; ni los que
    descienden al hoyo esperarán tu
    verdad" (Isaías 38:18).

Los muertos no tienen preocu-paciones. No pueden ser ator-mentados mientras están en ese estado.

    "Allí los impíos dejan el per-turbar,
    y allí descansan los de cansadas
    fuerzas" (Job 3:17).

    Los muertos nada saben, de lo que sucede en la sierra. Sus hilos podrán hacerse célebres o deshonrar su nombre, pero los muertos no lo sabrán. Están total-mente ignorantes de sus antiguos intereses terrenales.

    "Sus hijos serán honrados, y él no
    lo sabrá; o serán humillados, y no
    entenderá de ellos" (Job 14:21).

    Los muertos no dirigen la vida de los vivos, ni influyen en los asuntos de sus amigos vivos. No tienen ningún dominio sobre las circunstancias terrenales. Están completamente separados del mundo de los vivos.

    "También su amor, y su odio y su envidia,
    fenecieron ya; ni tienen más parte en el siglo,
    en todo lo que se hace debajo del sol"
    (Eclesiastés 9:6).

Los muertos no pueden desarrollar ninguna actividad, ni física ni mental.

    "Porque los que viven saben que han de morir:
    mas los muertos nada saben, ni tienen más paga...
    En el sepulcro, adonde tu vas, no hay obra, ni
    industria, ni ciencia, ni sabiduría"
    (Eclesiastés 9:5,10).

La muerte es un sueño incons-ciente. Es la inconsciencia total.

    "El hombre morirá, y será cortado; perecerá el
    hombre, ¿Y dónde estará él?... Hasta que no
    haya cielo no desper-tarán, ni se levantarán de
    su sueño" (Job 14:10,12).

    En San Juan 11 leemos el relato de la muerte de Lázaro, amigo de nuestro Señor. No se trata de un desvanecimiento. Estaba muerto. El corazón de Lázaro había dejado de latir desde hacia tanto tiempo, que la ciencia médica no podría haberlo hecho funcionar de nuevo. Lázaro estaba realmente muerto. En efecto, su cuerpo había entrado en descomposi-ción, pues hacia cuatro días que estaba en la tumba cuando llegó el Maestro. Pero cuando nuestro Señor Jesucristo, el Hijo de Dios, se acercó a su tumba, demostró que por fuerte que sea el dominio de la muerte, es más fácil para Dios devolver la vida a un muerto que para nosotros despertar a un dormido. Como Job, nuestro Señor compara a la muerte con el sueño.

    "Díceles después: Lázaro nuestro amigo, duerme;
    mas voy a despertarle del sueño...Mas esto decía
    Jesús de la muerte de el...Entonces, pues, Jesús
    les dijo claramente: Lázaro es muerto"
    (San Juan 11:11,13, 14).

    Sabemos que nuestro Señor resucitó por lo menos a tres muertos: Lázaro, la hija de Jairo y el hijo de la viuda de Nain. Si estos muertos hubieran ido al cielo al morir, ¿no habría cometi-do un error Jesús al obligarlos a abandonar la felicidad celestial para hacerlos volver a las miserias de la vida, y luego morir nuevamente? Y si al morir hubiesen ido al infierno, el Hijo de Dios hubiera tenido que transigir la justicia divino para sustraerlos a su castigo.

    Pero, ¿por qué ninguna de esas tres personas, después de volver a la vida, no dijeron nada acerca de temas tan importantes como el paraíso o el infierno? La respuesta es sencilla: no tenían nada que decir. No habían visto nada; no habían oído nada. La Palabra de Dios enseña que estaban inconscientes, sumidos en un sueño total.

    Si estas tres personas hubieran podido contar algo acerca de esto, hubieran contra-dicho la Palabra de Dios. Recordemos que la Escritura, en la información que nos da acerca de la muerte, no se contradice. Tiene una sola historia que contar acerca de la muerte, y los textos que hemos examinado en esta lección constituyen la suma de ese testimonio. Creamos a la Palabra de Dios a pesar de nuestros sentimientos, nuestros prejuicios o las enseñanzas que hayamos recibido anteriormente. En 54 lugares la Escritura llama sueño a la muerte. Recordemos que:

    "Dios no es hombre, para que
    mienta" (Números 23:19).

    "Tu palabra es verdad"
    (San Juan 17:17).
 

¿SE OLVIDA DIOS DE LOS QUE DUERMEN EN LA MUERTE?

    La muerte ha atacado todas las formas de vida en nuestro planeta. Los animales y las aves mueren lo mismo que el hombre. Por eso los incrédulos quisieran hacernos creer que no hay nada después de la muerte y que el hombre comparte la misma suerte de los animales. Pero la Palabra de Dios niega tales pretensiones. Frente a la tumba de Lázaro nuestro Señor anunció:

    "Yo soy la resurrección y la vida:
    el que cree en mí, aunque esté
    muerto vivirá" (San Juan 11:2).

    Dios no nos creó a ciegas. Siguió un plan preestablecido. El Creador conoce cada detalle de nuestro ser. Lo ideó antes de que naciéramos. Leamos el Salmo 139 y verifiquemos qué conocimiento maravilloso tiene Dios de cada uno de nosotros. Notemos particularmente los versículos 15 y 16:

    "No fue encubierto de ti mi cuerpo, bien que
    en oculto fui formado y compaginado en lo
    más bajo de la tierra. Mi embrión vieron tus
    ojos, y en tu libro estaban escritas todas
    aquellas cosas que fueron luego formadas,
    sin faltar una de ellas. Por eso, en consonancia
    con estas palabras, nuestro Señor dice: Pues aun
    vuestros cabellos están todos contados"
    (San Mateo 10:30).

    Cuando la muerte, la enemiga de la vida, se apodera del hombre, éste desciende a la tumba. Pero en los archivos del Dios infinito se conserve hasta el último detalle de ese ser. Dios posee los planos originales de cada individuo, por decirlo así. El no olvida jamás a uno solo de los seres que creó. Veamos en las palabras del Señor hasta qué punto llega el cuidado de Dios:

    "¿No se vende cinco pajarillos por dos blancas?
    pues ni uno de ellos está olvidado delante de Dios.
    Y aún los cabellos de vuestra cabeza están todos
    contados. No temáis pues: de más estima todos
    que muchos pajarillos" (San Lucas 12:6, 7).

    Job estaba seguro de que Dios ama a los hombres y que por eso mismo nunca se olvidará de eilos. Esperaba resucitar un dia.

    "Si el hombre muriere, ¿volverá a vivir todos los días de
    mi edad esperaré, hasta que venga mi mutación. Aficionado
    a la obra de tus manos, llamarás, y yo te responderé"
    (Job 14:14,15).

Dios no se olvida jamás de uno solo de aquellos por quienes Cristo murió.
 

VENDRÁ EL DÍA DE LA RESURRECCIÓN

    La muerte puede destruir nuestro cuerpo. Podemos volver al polvo. Dios puede retirarnos el don de la vida. Pero el Señor resucitará a los muertos como resucitó a Lázaro.

    "Porque el mismo Señor con aclamación, con voz de
    arcángel, y con trompeta de Dios, descenderá del cielo;
    y los muertos en Cristo resuci-tarán primero"
    (1 Tesalonicenses 4:16).

    En el estudio titulado "Una Preparación Indispensable", se encuentran todos los detalles relativos al gran día de la resurrección. Dijo el Señor que habría dos resurrecciones.

    "No os maravilléis de esto; porque vendrá hora, cuando
    todos los que están en los sepulcros oirán su voz. Y los
    que hicieron bien saldrán a resurrección de vida; mas los
    que hicieron mal, a resurrec-ción de condenación"
    (San Juan 5:28, 29),

Job aguardaba el momento en que Dios lo haría salir de la cárcel de su tumba.

    "Yo se que mi Redentor vive, y al fin se levantará
    sobre el polvo: y después de deshecha esta mi piel,
    aún he de ver en mi carne a Dios; al cual yo tengo
    de ver por mí, y mis ojos lo verán, y no otro, aunque
    mis riñones se consuman dentro de mí"
    (Job 19:25-27)

    Este patriarca no sentía ningún temor. Sabia que su Creador podía reunir de nuevo hasta la última partícula de su cuerpo desintegrado. Nosotros tampoco debemos temer. Si morimos, Dios ciertamente puede devolvernos la vida.
 

¿ES INMORTAL EL HOMBRE?

    Dios dice en su . Palabra que el hombre no es inmortal, sino que está sujeto a la muerte. Su herencia como hijo suyo no era la muerte, sino la vida. Si hubiese permanecido obediente a la voluntad del Todopoderoso y a los principios de su Santa Ley, la habría conservado pare siempre. Pero el hombre pecó. Abandonó sus derechos a la vida eterna, y por la desobediencia heredó la muerte. Nadie puede negar que el cuerpo muere. Pero el Altísimo afirma que el alma muere también.

    "El alma que pecare, esa morirá"
    (Ezequiel 18:4)
.

    Aunque en los textos hebreo y griego de la Escritura encontra-mos las palabras alma y espíritu más de 1.700 veces, el adjetivo inmortal" nunca va unido a ellas. Ni una sola vez encontra-mos en el Libro Santo una declaración que nos autorice a creer que el alma o el espíritu sean conscientes después de una supuesta separación del cuerpo. En cambio, en la Escritura hay pasajes que se refieren al alma como algo sujeto a la muerte.

    Según la Escritura sólo el Ser divino posee la inmortalidad. Una sola vez se emplea en ella la palabra inmortalidad y es para designar un atributo de Dios.

    "La cual a su tiempo mostrará el Bienaventurado
    y solo Poderoso, Rey de reyes, y Señor de señores;
    quien solo tiene inmortalidad" (1 Timoteo 6:15, 16).

Con el mismo fin se usa la palabra inmortal, también sólo referida a Dios.

    "Al Rey de siglos, inmortal, invisible, al solo
    sabio Dios sea honor y gloria por los siglos
    de los siglos. Amén" (1 Timoteo 1:17).

    ¿Quiere decir entonces que nuestra vida termina con la muerte, y que no hay nada después de ella? De ninguna manera. Ya lo hemos visto. Dios ha prometido la inmortalidad a todos los que, creyendo en el Evangelio de su amor, aceptan a Jesús como su Salvador personal y vivan una vida consecuente con su fe. La inmortalidad, entonces, no es algo inherente al alma, sino un don gratuito otorgado por Dios a condición de que por la fe hagamos de Jesús, nuestro Salvador.

    "Porque de tal manera amó Dios al mundo, que
    ha dado a su Hijo unigénito, pare que todo aquel
    que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna"
    (San Juan 3:16).

    Cuando se produzca la resurrección de vida anunciada por nuestro Señor en San Juan 5:28, 29, los justos recibirán la inmortalidad. San Pablo no esperaba recibir la corona inmortal antes que los demás justos.

    "Por lo demás, me está guardada la corona de
    justicia, la cual me dará el Señor, juez justo, en
    aquel día; y no sólo a mí, sino también a todos
    los que amen su venida" (2 Timoteo 4:8).

    Esto significa que los justos recibirán la inmortalidad sólo en ocasión de la segunda venida de Jesús. En consecuencia , ¡cuán importante es este aconteci-miento y qué maravilloso será!

    En efecto, San Pablo nos dice que, cuando vuelva el Señor, nuestra condición cambiará y recibiremos una naturaleza inmortal.

    "He aquí, os digo un misterio: Todos ciertamente no
    dormiremos, mas todos seremos transformados, en
    un momento, en un abrir de ojo, a la final trompeta;
    porque será tocada la trompeta, y los muertos serán
    levantados sin corrupción, y nosotros seremos
    transformados. Porque es menester que esto corruptible
    sea vestido de incorrupción, y esto mortal sea vestido
    de inmortalidad" (1 Corintios 15:51-53).

    Por el momento, el hombre es mortal. Pero por la fe podemos recibir la vida eterna. Tal es la esperanza del cristiano, que se realizará cuando estemos en presencia de nuestro Dios. Entonces nuestra fe será una gloriosa y sublime realidad. ¡Seremos inmortales!

    La muerte es un enemigo. Nos arrebata la vida. Pero no reinará para siempre. Muy pronto llegará el día en que su poder desaparecerá definitivamente.

    "Sorbida es la muerte con victoria. ¿Dónde está,
    oh muerte, tu aguijón? ¿dónde, oh sepulcro, tu
    victoria?" (1 Corintios 15:54,55).


    Cuando Dios haya purificado la tierra, la muerte, nuestra enemiga, será destruida para siempre. ¡Qué bueno, justo y misericordioso es nuestro Dios! ¡Y cuán inescrutables y altos son sus caminos!
 
 
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