Lección # 19- NACER DE NUEVO

Indice
 

 1. Introducción
 2. Nacido dos veces
 3. ¿Qué es el nuevo nacimiento?
 4. ¿Por qué hay que ser bautizado?
 5. ¿Por qué se bautiza por inmersión?
 6. La consagración de nuestros hijos
 7. ¿Qué importancia  tine el bautismo?
 8. ¿No basta el bautismo del espíritu?
 9. ¿Están perdidos los que no han sido bautizados?

 

 

INTRODUCCIÓN

    ¡Quisiera morir y terminar de una vez con mi vida de maldad!—ex-clamó un pobre hombre después de contarle a un amigo su triste historia.

—Nada ganarías—le dijo éste— porque tarde o temprano tendrás que comparecer en el juicio.
—Eso es lo que me preocupa— añadió el pecador—. Pensar que uno deba vivir angustiado por el pecado, luego morir y finalmente tener que resucitar para respon-der por su vida pasada...
—Pero—le dijo su amigo—, ¿estarías dispuesto a morir ahora si pudieras renacer como un hombre nuevo, libre de la tortura moral, y del castigo final del pecado?
—¡Oh, sería maravilloso!—excla-mó el interrogado.
—Eso es perfectamente posible, amigo. Lo han experimentado millones de desdichados. Tam-bién tú puedes morir ahora para renacer a una vida nueva—afirmó su amigo.
—¿Será posible? ¡No puedo comprenderlo! ¡Explícamelo!— rogó el pecador.

    Pues bien, es precisamente la grandiosa realidad del nuevo nacimiento, mencionada en el diálogo que antecede, lo que tra-taremos de explicar en esta lec-ción, estimado alumno.
 

NACIDO DOS VECES

    Sólo de una manera puede librarse el pecador de su conflic-to moral y de su con-denación. La muerte no es la solución del problema. Lo que él anhela es vida, una vida llena de paz y perdón. Alguien debe librarlo de la opresión y condenación del pecado. Debe tener la oportunidad de comenzar de nuevo una vida mejor.

    "Lo que es nacido de la carne, carne es;
    y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es"
    (San Juan 3:6).

    "...la carne y la sangre no pueden heredar
    el reino de Dios..." (1 Corintios 15:50).

    De manera que, si hemos naci-do sólo una vez ("de la carne", es decir, físicamente), jamás tendremos vida eterna, puesto que todos nacemos pecadores por naturaleza y por lo tanto condenados a muerte.

    "Por cuanto todos pecaron, y están
    destituidos de la gloria de Dios"
    (Romanos 3:23).

    La "muerte" mencionada en el último versículo transcripto no es sólo la muerte física, natural uqe termina vida, sino también t especialmente la "segunda muerte" (Apocalipsis 10:6), la cual sufrirían los malos en el día final con una total destrucción de su ser: "espíritu, alma y cuerpo".

    "La paga del pecado es muerte…"
    (Romanos 6:23)

El bautismo es el símbolo bíblico de la muerte, sepultura y resurrección de nuestro Señor Jesucristo.

    Al nacer heredamos algo del temperamento y la personalidad y ciertos rasgos de carácter de nuestros antepasados. En este mundo de pecado no estaremos jamás completamente libres de esa herencia. Además, crecemos en un ambiente que influye sobre nosotros. Esta naturaleza pecaminosa, heredada y acentuada por el ambiente, está condenada a muerte. Si; "la paga del pecado es muerte".
 

¿QUÉ ES EL NUEVO NACIMIENTO?

    Uno de los ciudadanos más sabios de Jerusalén buscó una noche a nuestro Señor para dirigirle precisamente esa pregunta. Parece que Nicodemo nunca antes había oído hablar del nuevo nacimiento. Entonces nuestro Señor le explicó:

    "De cierto, de cierto te digo, que el que no
    naciere de agua y del Espíritu, no puede
    entrar en el reino de Dios" (San Juan 3:5).

    La expresión "nacido de agua" evidentemente se aplica al bautismo, mientras que "nacido del Espíritu" significa ese cambio completo del carácter y la personalidad que produce el Espíritu Santo en el corazón del creyente. En la vida de aquel que nació de nuevo, los dos bautismos son experiencias vitales. El bautismo de agua es visible y exterior, pero simboliza la transformación interior del carácter. Por eso la orden del Señor a sus discípulos es predicar y bautizar.

    "Por tanto, id y doctrinad a todos los
    Gentiles, bautizándolos en el nombre
    del Padre, y del Hijo, y del Espíritu
    Santo" (San Mateo 28:19).

 

¿POR OUÉ HAY QUE SER BAUTZADO?

    El bautismo es un voto público de que nos unimos con Cristo mediante vínculos espirituales. Manifestamos así que morimos al pecado y sepultamos nuestra vida pecaminosa y nuestra antigua naturaleza. Confesamos delante de Dios y de los hombres que hemos aceptado a Jesucristo como nuestro Salvador y que hemos renunciado a nuestros pecados pasados.

    "Cualquiera, pues, que me confesare delante
    de los hombres, le confesare yo también delante
    de mí Padre que está en los cielos" (San Mateo 1 0:32).

    Al salir del agua, resucitamos simbólicamente para comenzar una vida nueva, dirigida por el Espíritu Santo.

    "¿O no sabéis que todos los que somos bautizados
    en Cristo Jesús, somos bautizados en su muerte?
    Porque somos sepultados juntamente con él a muerte
    por el bautismo, para que como Cristo resucitó de los
    muertos por la gloria del Padre, así también nosotros
    andemos en novedad de vida" (Romanos 6:3, 4).

    El bautismo es un rito recordativo, ordenado por Jesús mismo antes de su ascensión. Es una confesión pública de que Jesús ocupó nuestro lugar para pagar por nosotros la deuda producida por nuestro pecado. Por medio del bautismo confesamos que, como hijos recién nacidos en la familia de Dios, somos incapaces de vivir como Jesús y que, por lo tanto, dependemos de su poder para cambiar nuestra naturaleza pecaminosa y vivir la nueva vida que hemos emprendido. Al resucitar de la tumba liquida—que no es otra cosa que el bautismo—, demos testimonio de que Jesús resucitó para vivir su vida en nosotros.

    "Con Cristo estoy juntamente crucificado,
    y vivo, no ya yo, mas Cristo vive en mí.
    Y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la
    fe del Hijo de Dios, el cual me amó, y se
    entregó a sí mismo por mí" (Gálatas 2:20).
 

¿POR QUÉ SE BAUTIZA POR INMERSIÓN?

    El bautismo mecionado por nuestro Señor en el Evangelio según San Juan 3:3-5 implica el fin de la vida pecaminosa. La muerte exige una sepultura. La palabra misma bautizar significa "sumergir" o "poner debajo del agua". Si el bautismo conmemora la muerte y resurrección de nuestro Señor, es razonable aceptar que, así como Cristo fue puesto en la tumba por manos cariñosas, nosotros también seamos sepultados en el agua, para que el símbolo sea perfecto. Cuando un hombre muere, no se lo sepulta esparciendo un puñado de tierra sobre él.

    Nuestro Señor ordenó el bautismo de agua para simbolizar nuestra ruptura completa con el pecado. Morimos al pecado y es sepultada nuestra naturaleza carnal. Por medio del bautismo declaramos tener fe plena en que el Cristo crucificado fue sepultado en nuestro favor. ¿Cómo podría la aspersión, o rociamiento, reemplazar el símbolo ordenado por Cristo?

    "Porque somos sepultados juntamente con
    él a muerte por el bautismo, para que como
    Cristo resucitó de los muertos por la gloria
    del Padre, así también nosotros andemos en
    novedad de vida" (Romanos 6:4).

    Nuestro Señor fue bautizado al principio de su ministerio terrenal. Su precursor, Juan el Bautista, bautizaba por inmersión, en el Jordán, a todos los que acudían a él y se arrepentían de sus pecados. Se necesitaba mucha agua para celebrar ese rito.

    "Y bautizaba también Juan en Enón junto a
    Salim, porque había allí muchas aguas; y
    venían, y eran bautizados" (San Juan 3:23)

    "Y Jesús, después que fue bautizado, subió
    luego del agua; y los cielos le fueron abiertos,
    y vio al Espíritu de Dios que descendía como
    paloma, y venía sobre él" (San Mateo 3:16)

    Después de la resurreción de Jesús, los discípulos continuaron bautizando a los que se arrepentían de sus pecados. El día de Pentecostés, San Pedro, inspirado por el Espíritu de Dios, invitó a los hombres a arrepentirse y bautizarse, como lo había ordenado nuestro Señor antes de su ascención.

    "Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros
    en el nombres de Jesucristo para perdón de los
    pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo"
    (Hechos 2:38)

    Más tarde, conducido por el Espíritu de Dios, Felipe se dirigió hacia un lugar desierto, donde encontró a un funcionario etíope que  leía las Escrituras mientras viajaba. Felipe se unió al lector, y ese día, después de estudiar con él las Escrituras, los bautizó. Si ubiese bastado rociarlo con un poco de agua, Felipe podría haber usado la que ese funcionario llevaba en su cántaro. Pero en cambio, esperó hasta encontrar un lugar con abundancia de agua.

    "Y yendo por el camino, llegaron a una cierta
    agua, y dijo el eunuco: He aquí agua ¿qué impide
    que yo sea bautizado? Y mandó parar el carro, y
    descendieron ambos al agua…" (Hechos 8:36,38)

    Por lo demás a historia de la Iglesia demuestra que los apóstoles bautizaban por inmersión. La misma Iglesia certifica el hecho de que el bautismo por inmersión se practicó hasta el siglo XII de nuestra era. Veamos algunos testimonios:

    "Durante varios siglos después de establecerse el cristianismo, el bautismo se administraba habitualmente por inmersión; pero desde el siglo XII, la práctica de bautizar por infusión (rociamiento o asperción) prevaleció en la Iglesia Católica, por ofrecer menos inconvenientes que el bautismo por inmersión" (Cardenal Gibbons, Faith of our Fathers –La Fe de Nuestros Padres- págs. 304, 305)

El Cardenal Pulio, del siglo XII, explica así el bautismo de su época:

    " Cuando el candidato es sumergido al agua, se sugiere la muerte de Cristo, mientras está cubierto de agua, se recuerda la sepultura de Cristo; cuando sale del agua, se proclama la resurreción de Cristo" (Cardena Pulio –SigloXII-, Patrología Latina, tomo CL, pág. 315)

    El cambio al bautismo por aspersión al rociamiento se hizo después en contraposición con la enseñanza de las Sagradas Escrituras. Pero la aspersión no es un símbolo adecuado para expresar nuestra muerte al pecado así como echar un puñado de tierra sobre un cadáver no significaría darle sepultura.

    Si queremos ser admitidos un día en la tierra prometida, tenemos que practicar el bautismo como Cristo nos lo dio. Nadie pude se sepultado con Cristo por el bautismo se éste se administra por aspersión.
 

LA CONSAGRACIÓN DE NUESTROS HIJOS

    En ningún lugar de la Santa Palabra se menciona el bautismo de los niños. El hecho mismo de que Dios hizo de hombre un ser libre requiere que cada persona de cada libremente si quiere aceptar a Cristo o rechazarlo.

    "Y (si) estuvieren en medio de ella Noé, Daniel, y Job,
    vivo yo, dice el Señor Jehová, no librarán hijo, hija; ellos
    por su justicia librarán su vida" (Ezequiel 14:20)

    Sería imposible expresarse más claramente. Ni el padre, ni la madre pueden con un acto, o aun toda una vida de bondad, salvar a sus hijos. Pueden enseñarlos en que consiste su deber, pero los hijos deben decidir y obrar por sí mismos. En el capítulo 28 del Evangelio según San Mateo, Cristo nos dice que antes de ser bautizados debemos aprender a guardar todo lo que él ordenó (versículos 19 y 10 ). No se puede enseñar los mandamientos de dios a un bebé. Por eso el bautismo de los infantes carece de valor. Si al llegar a la edad de la compresión deciden bautizarse, estará cumpliendo entonces el mandato de nuestro Señor. Pero si al llegar a esa edad resuelven apartarse de dios, se perderán por más que se los haya bautizado en la infancia.

    Algunos aseguran que, si un niño muere sin ser bautizado, no puede ir al cielo. Esa no es la enseñanza de Cristo, ni de los apóstoles. En ninguna parte nos presentan las Escrituras Santas el caso de un niño bautizado. Tampoco nos dice que los niños pequeños se condenarán si no ha sido bautizados.

    ¿Qué edad tenía nuestro Señor Jesucristo en ocasión de su bautismo? Los evangelio, la historia eclesiástica y catecismo concuerdan en decirnos que tenía  unos 30 años, y que fue bautizado, no en una pila, sino en el río Jordán. No nacemos cristianos: llegamos a serlo. No se debe bautizar a quien aún no se da cuenta de lo que pasa.

    Los padres tienen la responsabilidad de criar a sus hijos en el temor a Dios. Deben enseñarles fielmente las verdades de la Palabra y  darles sin cesar el ejemplo de una vida consagrada. Pero cuando se trata del bautismo, la decisión debe ser tomada por el joven  o la joven.

    Leemos que las madres traían sus hijitos al Señor par que los bendijiese. Los discípulos procuraban impesir que los acercasen a jesús, pero él dijo:

    "Dejad a los niños, y no les impidáis venir a mí;
    por que de los tales es el reino de los cielos. Y
    habiendo puesto sobre ellos las manos, partió
    de allí" (San Mateo 19:14,15).

    Jesús bendijo a los niños, pero no los bautizó. La verdadera Iglesia de Jesucristo también ben-dice a los niños pero no los bautiza hasta que llegan a una edad en que libremente resuelven hacerlo.

    La salvación de los niños depende en gran medida de la experiencia de sus padres. ¡Con qué cuidado debiéramos enseñar a nuestros hijitos a fin de que nuestra influencia no perjudique jamás su desarrollo espiritual! Si la muerte arrebata a estos peque-ñuelos del lado de sus padres cristianos, Dios se los devolverá en la vida futura.

    "...y tu pleito yo le pleiteare, y yo
    salvaré a tus hijos" (Isaías 49:25).

 

¿QUÉ IMPORTANCIA TIENE EL BAUTISMO?

A una pregunta de Nicodemo, nuestro Señor contestó:

    "De cierto, de cierto te digo, que el que no
    naciere de agua y del Espíritu, no puede
    entrar en el reino de Dios" (San Juan 3:5)

    Podriamos considerar al bautismo como la ceremonia de adopción en la familia de Dios. El Espíritu transforma la vida; el agua simboliza la purificación del pecado. Esta agua no posee en si misma poder de salvar; sólo representa lo que realiza en nuestra vida la sangre de Cristo.

    "...así como Cristo amó a la Iglesia, y se entrego
    a si mismo por ella, para santificarla limpiándola
    en el lavabo del agua por la palabra. Para presen-
    tarsela gloriosa para si, una iglesia que no tuviese
    mancha ni arruga, ni cosa semejante; sino que fuese
    santa y sin mancha" (Efesios 5:25-27).

    Es evidente que por medio del bautismo renunciamos pública-mente al pecado y confesamos que hemos nacido de nuevo en la familia de Dios.

    Al bautizarnos, somos recono-cidos por los hombres y los ángeles como miembros de la familia de la fe. De extranjeros que éramos, llegamos a ser ciu-dadanos del reino de Dios.

    "Así que, no sois extranjeros ni advenedizos,
    sino juntamente ciudadanos con los santos, y
    domésticos de Dios. Edificados sobre el funda-
    mento de los apóstoles y profetas, siendo la
    principal piedra del ángulo Jesucristo mismo"
    (Efesios 2:19, 20).

    Este acto nos hace miembros del cuerpo espiritual de Cristo (Efesios 5:31). San Pedro dice:

    "Mas vosotros sois linaje escogido, real
    sacerdocio, gente santa, pueblo adquirido,
    para que anunciéis las virtudes de aquel
    que os ha llamado de las tinieblas a su luz
    admirable" (1 San Pedro 2:9)

El bautismo cumple una orden de Cristo consignada por el Nuevo Testamento.
 

¿NO BASTA EL BAUTISMO DEL ESPÍRITU?

    Jesucristo no es un amigo secreto de nosotros, que por temor o por vergüenza trata de ocultar su amistad. Lejos de ello, públicamente confesó su amor por cada uno de nosotros al morir en nuestro lugar en la cruz del Calvario. ¿Podemos ocultar nuestros sentimientos hacia él siendo que él lo dio todo, públicamente, por nosotros? Nuestro Señor dijo:

    "Porque el que se avergonzare de mi y de
    mis palabras, de este tal el Hijo del hombre
    se avergonzará cuando viniere en su gloria,
    y en la del Padre, y de los santos ángeles"
    (San Lucas 9:26).

    El bautismo es la confesión pública del cambio producido en el corazón como resultado de la obra realizada por el Espíritu Santo. Si éste cumple su obra de gracia en nuestro corazón ¿es necesario que recibamos el bau-tismo "de agua"? He aquí lo que responde nuestro Señor:

    "Pero cuando viniere aquel Espíritu de verdad,
    él os guiará a toda verdad..." (San Juan 16:13).

    El Espíritu viene a nosotros para que toda la verdad sea parte de nuestra experiencia. El bautismo es una verdad vital de la Palabra de Dios, y la obra del Espíritu no será complete mientras no nos haya inducido a confesar nuestra fe en Jesús por medio del bautismo.

    "Hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe
    y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón
    perfecto, a la medida de la edad de la plenitud de
    Cristo" (Efesios 4:13).

 

¿ESTÁN PERDIDOS LOS QUE NO HAN SIDO BAUTIZADOS?

    ¿Qué diremos del ladrón de la cruz? No estaba bautizado y, sin embargo, nuestro Señor le prometió un lugar en su reino.

    El bautismo consta de dos partes: una invisible por medio de la cual el Espíritu Santo nos da el arrepentimiento, nos induce a la confesión y nos impulsa a renunciar públicamente al pecado; otra visible: el bautismo de agua.

    El ladrón en la cruz demostró que su corazón había cedido a las instancias del Espíritu al arrepentimiento y la confesión. Le resultaba humanamente imposible descender de la cruz para ser sumergido en agua en prueba de su conversión. Pero hizo lo que podía dentro de las circunstancias: confesó su fe en el poder de Cristo para recibir la salvación. Y nuestro Señor aceptó esta confesión. Dios nunca nos pide lo imposible. Puede ser que una persona muy enferma no pueda bautizarse en señal de su fe, pero, como el ladrón en la cruz, aun los enfermos graves pueden confesar a Jesús con sus labios (Romanos 10:9). Y Dios, que lee los corazones, aceptará esa confesión hecha con fe.

    ¿Sigue usted plenamente a nuestro Señor Jesucristo? ¿Inició usted la vida nueva en Cristo confesando su nombre por medio del bautismo? Si no lo ha hecho todavía, ¿no es verdad que desearía hacerlo? Nos ponemos a sus gratas órdenes para ayudarle a cumplir este elevado propósito.
 
 
                                [ Lección anterior ] [ Siguiente Lección ] [ Inicio de Página ]