Lección # 20- EL MUNDO DEL FUTURO

Indice
 

 1. Introducción
 2. El plan de Dios nunca fracasa
 3. ¿Cómo será la vida allí?
 4. ¿Es la tierra nueva un lugar real?
 5. ¿Cómo podemos asegurarnos un lugar?

 

INTRODUCCIÓN

    Una niñita paseaba cierta noche, tomada de la mano de su padre. Al mirar al cielo cuajado de estre-llas, suspiró y dijo: —¡Qué hermoso ha de ser estar en el cielo! Su padre la miró y le preguntó: —¿Por qué dices eso?

—¡Es tan linda la luz que pasa por las rendijas!—contestó la niña.

    Sin duda el cielo, morada de Dios, debe ser sublime, porque todo lo que Dios creó revela el toque del Artista supremo. Nuestra tierra, mancillada ahora por el pecado, fue antes un lugar her-moso. La Biblia nos dice cuán bella era al salir de las manos del Creador. El mismo, al considerar su obra, vio con satisfacción que era buena "en gran manera" (Génesis 1:31 ).

    Pero con el transcurso del tiempo, la humanidad y su mora-da experimentaron la influencia mortal del pecado. El hombre degeneró más y más. Esa degradación se ha generalizado tanto, que hoy nuestro mundo se acerca al momento de su destrucción. El profeta Isaías, al meditar en ella, dice que "la tierra se envejecerá como ropa de vestir" (Isaías 51 :6).

En lecciones anteriores hemos visto que los justos volverán a la sierra purificada por el fuego de Dios.
 

EL PLAN DE DIOS NUNCA FRACASA

    Los planes de Dios nunca fracasan. A la vista parecerá que sus planes sufren tropiezo o postergación, pero finalmente el Señor cumple sus designios de acuerdo con sus previsiones. Por eso sabemos que la creación recobrará un día su belleza primi-tiva. El profeta declara:

    "Porque así dijo Jehová, que creó los cielos;
    él es Dios, el que formó la tierra, el que la hizo
    y la compuso; no la creó en vano, para que
    fuese habitada la creó" (Isaías 45:18).

    Llegará el momento glorioso cuando Dios devolverá a la fami-lia humana todo lo que el pecado le quitó. Esta es su promesa:

    "Y vi un cielo nuevo, y una tierra nueva; porque
    el primer cielo y la primera sierra se fueron... las
    primeras cosas son pasadas... He aquí, yo hago
    nuevas todas las cosas" (Apocalipsis 21:1, 4, 5).

    En la Nueva Tierra morará la justicia, porque el pecado habrá sido desterrado pare siempre. Dios nos promete que nunca más volverá a levantarse.

    "El hará destrucción completa; no se levantara
    la aflicción por segunda vez" (Nahum 1:9, VM).

    Destruidos el pecado y los pecadores, Dios creará un cielo nuevo y una tierra nueva. Es imposible imaginar siquiera cómo será la vida en la gloriosa patria de los redimidos. Escuche-mos a San Pablo, quien a su vez cita al profeta Isaías:

    "Antes, como está escrito: Cosas que ojo no
    vio, ni oreja oyó. Ni han subido en corazón
    de hombre, son las que ha Dios preparado
    para aquellos que le amen" (1 Corintios 2:9).

    No obstante, la Palabra de Dios nos permite tener algunas vislumbres de la vida venidera, de la cual podremos participar si le entregamos plenamente nuestro ser al Señor.
 

¿CÓMO SERA LA VIDA ALLÍ?

    Para responder a esta pregunta, la Palabra de Dios nos presenta a Jesús después de su resurrección.

    "Muy amados, ahora somos hijos de Dios,
    y aun no se ha manifestado lo que hemos de
    ser pero sabemos que cuando él apareciere,
    seremos seme-jantes a el, porque le veremos
    como él es" (1 San Juan 3:2).

¿En qué condición salió el Señor de la tumba de José de Arimatea?

    "Luego dice a Tomás: Pon tu dedo aquí,
    y ve mis manos; y alarga acá tu mano, y
    ponla en mi costado; y no seas incré-dulo,
    sino fiel" (San Juan 20:27).

    "Y aconteció, que estando sentado con ellos
    a la mesa, tomando el pan, bendijo, y partió,
    y dioles. Entonces ellos contaban las cosas
    que les habían acontecido en el camino, y
    cómo había sido conocido de ellos al partir
    el pan. Mirad mis manos y mis pies, que yo
    mismo soy. palpad, y ved; que el espíritu ni
    tiene carne ni huesos, como veis que yo tengo.
    Y no creyendolo aun ellos de gozo, y
    maravillados, díjoles: ¿Tenéis aquí algo de
    comer? Entonces ellos le presentaron
    parte de un pez asado, y un panal de miel.
    Y él tomó, y comió delante de ellos"
    (San Lucas 24:30, 35, 39, 41-43).

    Estos textos indican claramen-te que los discípulos vieron un ser real en la persona de su Señor resucitado. Lo tocaron. Poseía verdaderamente un cuerpo. Era un ser material. Participo de sus alimentos. Y, sin embargo, tenía un poder espiritual que ellos no podían comprender. Su cuerpo resucitado estaba dotado de la naturaleza espiritual que también será la de ellos cuando el Señor regrese en gloria.

    Como nosotros nunca hemos visto una persona resucitada, nos preguntamos cómo será el cuerpo de los justos cuando se produzca la resurrección. San Juan dice: "Seremos semejantes a él". San Pablo recurre a compa-raciones para apodarnos a com-prender. Nos recuerda que la carne de los hombres, los anima-les, las aves y los peces difiere una de otra. Nos señala la dife-rencia que hay entre el sol, la luna y las estrellas. El cuerpo glorificado que recibiremos al resucitar, también será diferente del actual. Entonces, si somos fieles, seremos transformados en un momento, en un abrir y cerrar de ojos (1 Corintios 15:51, 52). Nos dice que en esta vida poseemos cuerpos corruptibles. Son cuerpos enfermizos, debili-tados por el pecado. Luego describe la naturaleza de la cual seremos dotados si resucitamos con los justos. Nuestro cuerpo no tendrá más huellas de enfer-medad y pecado.

    Antes de que el Señor vuelva para llevarnos consigo, habremos vencido para siempre el pecado, por la gracia de Dios. Ya no ostentaremos el estigma dei mal. El pecado será cosa del pasado. Nuestra vieja naturaleza pecami-nosa habrá d esa parecido. La envidia, los celos, el temor, el odio y todas las malas tendencias habrán quedado definitivamente vencidas. En su lugar, el amor, el gozo, la paz y todo lo bueno serán nuestra herencia eterna, porque en esta vida habremos cultivado ya esas virtudes. La transformación súbita que se produce al aparecer nuestro Señor sellará nuestro carácter. Nuestra tendencia natural hacia el mal desaparecerá ante el total predominio de lo bueno de nuestra naturaleza espiritual. Nuestros cuerpos serán tan reales enton-ces como lo son ahora. Pero habrán sido liberados para siempre del pecado, la enfermedad, el sufrimiento y la muerte. Ten-dremos cuerpo, pero, como dice la Palabra, será un cuerpo transformado.

    "Se siembra en vergüenza, se levantará
    con gloria; se siem-bra en flaqueza, se
    levantará con potencia; se siembra cuer-po
    animal, resucitará cuerpo espiritual. Hay
    cuerpo animal y hay cuerpo espiritual"
    (1 Corin-tios 15:43, 44).

La muerte ya no vencerá a los redimidos de Dios. Recibirán entonces cuerpos inmortales.

    "Mas nuestra vivienda está en los cielos;
    de donde también esperamos al Salvador,
    al Señor Jesucristo; el cual transformará
    el cuerpo de nuestra bajeza, para ser
    semejante al cuerpo de su gloria, por
    la operación con la cual puede también
    sujetar a si todas las cosas"
    (Filipenses 3:20, 21).

    ¿Qué diríamos si al despertar-nos mañana notáramos que no tenemos más imperfecciones físi-cas, ni enfermedades, ni debilidad, y nuestro mal carácter está reemplazado por el amor y el gozo más completo? Tendríamos entonces la seguri-dad de que el pecado ya no ejerce dominio sobre nosotros. Eso es lo que ocurrirá cuando los muertos resuciten y sean transformados. Tal era la esperanza de Job:

    "Yo sé que mi Redentor vive, y al fin se
    levantará sobre el polvo Y después de
    deshecha esta mi piel, aún he de ver en
    mi carne a Dios; al cual yo tengo de ver
    por mi y mis ojos lo verán, y no otro,
    aunque mis riñones se consuman dentro
    de mí" (Job 19:25-27).

Isaías el profeta, declara:

    "Tus muertos vivirán, junto con mi
    cuerpo muerto resucitarán.., Y la
    tierra echará los muertos"(Isaías 26:19).

    Recomendamos la lectura del capitulo 37 del libro de Ezequiel, pues en él se describe la resurrección. San Pablo también refiere a ese acontecimiento:

    "Porque sabemos que todas las criaturas
    gimen a una, y a una están de parto hasta
    ahora. Y no sólo ellas, mas también noso-
    tros mismos, que tenemos las primicias
    del Espíritu, nosotros también gemimos
    dentro de nosotros mismos, esperando la
    adopción, es a saber, la reden-ción de nuestro
    cuerpo" (Romanos 8:22, 23).

    Nuestros cuerpos serán redimi-dos y volveremos a tener en nosotros la imagen de Dios como cuando el mundo fue creado.

    ¿Reconoceremos en el cielo a los amigos que tuvimos aquí en la tierra? Los amigos del Señor Jesús lo reconocieron inmediatamente después de su resurrec-ción. Si, en la vida nueva nos reconoceremos, y nos comprenderemos mejor que aquí en esta tierra.

    "Ahora vemos por espejo, en obscuridad;
    mas entonces veremos cara a cara. Ahora
    conozco en parte, mas enton-ces conoceré
    como soy conocido" (1 Corintios 13:12).

    ¡Cuán bienaventurada es la esperanza del cristiano! ¡Poseer vida eterna en Cristo Jesús; en      compañía de viejos y nobles amigos que conocimos en la tierra, a quienes reconoceremos y por quienes seremos reconocidos! El cielo será un lugar tanto más agradable por el hecho de que el Señor nos dará la dicha de vivir con los miembros de nuestra familia. Una alegría perfecta en compañía de Jesús, de los miembros de nuestra familia y de los amigos que siguieron al Señor es el destino que aguarda a los redimidos.
 

¿ES LA TIERRA NUEVA UN LUGAR REAL?

    La Palabra de Dios enseña, sin que quepa la menor dude, que ten-dremos cuerpos materiales pero dotados de una naturaleza espiritual. Al recibir cuerpos nuevos, recibiremos como herencia este mundo renovado.

    "Y edificarán casas, y morarán en ellas;
    plantarán viñas, y comerán el fruto de ellas.
    No edificarán, y otro morará; no plantaran,
    y otro comerá... y mis elegidos perpetuarán
    las obras de sus manos" (Isaías 65:21, 22).

    Los pasajes que anteceden y muchos más, dejan establecido que la Tierra Nueva será un lugar con realidad fisica. Construiremos casas, viviremos en ellas y seremos felices eternamente. Ya no nos eremos despojados, ni tendremos que pagar alquiler o hipotecas. La Tierra Nueva será un lugar de delicias. En ella gozaremos de seguridad perfecta. Los temores que envenenan nuestra vida hoy, desaparecerán para siempre.

    Además el conocimiento perfecto de Dios henchirá nuestro corazón. Todos adoraremos a Dios en perfecta unidad de fe y de espíritu, porque veremos al Señor Jesús cara a cara.

    "Y no enseñará más ninguno a su prójimo,
    ni ninguno a su hermano, diciendo: Conoce
    a Jehová. Porque todos me conocerán,
    desde el más pequeño de ellos hasta el
    más grande" (Jeremías 31:34).

    "Porque como los cielos nuevos y la nueva
    tierra, que yo hago, permanecen delante de mi,
    dice Jehová, así permanecerá vuestra simiente
    y vuestro nombre. Y será que de mes en mes,
    y de sábado en sábado, vendrá toda carne a
    adorar delante de mi, dijo Jehová" (Isaías 66:22, 23).

    Cada sábado honraremos a nuestro Creador y a nuestro Re-dentor, al Padre y al Hijo. Juntos nos congregaremos en derredor del trono de Dios para adorar a Aquel que nos amó tanto que dio a su Hijo unigénito para sa-vación de todos los que creen en él (San Juan 3:16). Comeremos del árbol de la vida, que crecerá cerca de las aguas cristalinas del río que brota del trono de Dios, en el centro de la gloriosa capital, la Nueva Jerusalén. Seremos huéspedes eternos en la mansión del Padre.

    "Entonces se cumplirá plenamente la oración
    que nos enseñó nuestro Señor: "Sea hecha tu
    voluntad, como en el cielo, así también en la
    tierra" (San Mateo 6:10).

    Tal será la vida eterna en la ciudad de Dios. Esa ciudad será un lugar construido por el Arquitecto del universo, para dicha de sus hijos.

    "Porque esperaba ciudad con fundamentos,
    el artifice y hacedor de la cual es Dios"
    (Hebreos 11:10)

    "Esa ciudad descenderá del cielo y llegará a
    ser posesión de los redimidos"
    (Apocalipsis 21 :1-4).

    El capitulo 21 de Apocalipsis describe la magnificencia de la capital del futuro. En el capitulo 22 del mismo libro se nos dice:

    "Después me mostró un río limpio de agua
    de vida, resplandeciente como cristal, que
    salía del trono de Dios y del Cordero. En el
    medio de la plaza de ella, y de una y otra
    parte del río, estaba el árbol de vida, que
    lleva doce frutos, dando cada mes su fruto;
    y las hojas del árbol eran para la sanidad
    de las naciones" (Apocalipsis 22:1, 2).

    La admiración y el asombro nos dominan cuando visitamos las grandes ciudades del mundo actual, con sus rascacielos, sus ferrocarriles subterráneos, sus luces deslumbrantes. Pero nuestro mundo con todas sus maravillas queda reducido a la nada frente a las bellezas de la ciudad de Dios y del mundo del mañana.

    Con frecuencia contemplamos el paisaje que nos rodea. A pesar de las manchas del pecado, aún su menguada belleza nos habla del poder de Dios. Pero esas manchas no existirán en el mundo mejor.

    "Alegrarse han el desierto y la soledad;
    el yermo se gozará, y flocerá como la
    rosa. Florecerá profusamente, y también
    se alegrará y cantará con júbilo. La gloria
    del Líbano le será dada, la hermosura del
    Carmelo y de Sarón" (Isaías 35:1, 2).

    Muchas veces hemos visto gra-bados que representan a un niño conduciendo a un león, junta-mente con un cordero, un lobo y un ternero. El artista se ha inspi-rado en la siguiente promesa:

    "Morará el lobo con el cordero, y el tigre
    con el cabrito se acos-tará; el becerro y el
    león y la bestia doméstica andarán jun-tos,
    y un niño los pastoreará. La vaca y la osa
    pacerán, sus crías se echarán juntas; y el
    león como el buey comerá paja"
    (Isaías 11:6, 7).

    Hoy ponemos a muchos animales tras sólidos barrotes de hierro, pero en la tierra nueva tal precaución será completamente innecesaria. Los animales también estarán libres del pecado. Las flores perfumarán los antiguos desiertos. En lugar de espinas y  zarzas, símbolos del pecado, habrá árboles de belleza perdurable. Ningún defecto se hallará en la vista de los que fueron ciegos, ni en el oído de los que antes fueron sordos. Ningún peligro oculto sorprenderá a los Hijos de Dios.

    "Toda facultad será desarrollada, toda capacidad aumentada. La adquisición de conocimientos no cansará la inteligencia ni agotará las energías. Las mayores empresas podrán llevarse a cabo, podrán satisfacerse las aspiraciones más sublimes, realizarse las más encumbradas ambiciones; y sin embargo surgirán nuevas alturas que superar, nuevas maravillas que admirar, nuevas verdades que comprender, nuevos objetos que agucen las facultades del espíritu, del alma y del cuerpo.

    "Todos los tesoros del universo se ofrecerán al estudio de los redimidos de Dios...Con indes-criptible dicha los hijos de la sierra participarán del gozo y la sabiduría de los seres que no cayeron" (Elena G. de White, El Conflicto de /os Siglos, pág. 736).
 

¿CÓMO PODEMOS ASEGURARNOS UN LUGAR ALLÍ?

     Hay un camino que lleva a la ciudad de Dios. Se nos habla de él en ambos Testa-mentos de la Sagrada Escritura.

    "Y habrá allí calzada y camino, y será llamado
    Camino de Santidad; no pasará por el inmundo;
    y habrá pare ellos en él quien loa acompañe"
    (Isaías 35:8).

Esta vía santa nos lleva a la Nueva Jerusalén. Nuestro Señor le dio otro nombre:

    "Porque estrecha es la puerta, y angosto el
    camino que lleva a la vida, y pocos son los
    que la hallan2 (San Mateo 7:14).

    Un día alguien le preguntó al famoso escritor Mark Twain: "¿Quiénes, a su parecer, irán al cielo?" Reflexionó un momento y contestó: "Supongo que serán los que se sientan en casa cuando lleguen allí". Excelente respuesta. ¿Se sentirá allí en casa el esclavo de los juegos de azar sin su mesa de juego? ¿Estará contento el beodo en un lugar donde las bebidas alcohólicas no existen? ¿Qué hará el iracundo entre la gente que no tome el nombre de Dios en vano ni se enoja? Desde ahora debemos cultivar gustos y tendencias que correspondan al cielo, si es que queremos vivir allí.

    "Bienaventurados los de limpio corazón:
    porque ellos verán a Dios" (San Mateo 5:8).

Hablando de la tierra nueva, San Pedro dice:

    "Por lo cual, oh amados, estando en esperanza
    de estas cosas, procurad con diligencia que seáis
    hallados de el sin mácula, y sin represión, en paz"
    (2 San Pedro 3:14).

    Sabemos que nuestro Señor volverá pronto. Todo lo que sucede hoy en el mundo nos lo dice. Sabiéndolo, ¡cuán importante es que nos preparemos pare reflejar en nuestro carácter las cualidades de los moradores de la Tierra Nueva! Al asegurar-nos San Juan que seremos semejantes a nuestro Señor cuando venga, afirma:

    "Cualquiera que tiene esta esperanza en él, se
    purifica, como él también es limpio"
    (1 San Juan 3:3).

    El versículo siguiente nos lleva aún más lejos al decirnos que el pecado es iniquidad y transgresión de la ley de Dios. San Juan nos enseña que sólo el Señor Jesucristo puede eliminar el pecado que nos mantiene cautivos. Sólo él puede purificarnos y hacernos dignos de un lugar en el cielo. Unicamente los que vivan la vida de Cristo podrán verse libres del pecado (1 San Juan 3:4-6).

    "No entrará en ella ninguna cosa sucia, o
    que hace abominación y mentira; sino
    solamente los que están escritos en el
    libro de la vida y del Cordero"
    (Apocalipsis 21:27).

    El cielo será la morada de los que entren por la puerta estrecha y obedezcan plenamente la voluntad de Dios. Entrarán allí únicamente aquellos cuyo carácter haya sido probado. Nuestro Señor nos indicó la condición de entrada:

    "Si quieres entrar en la vida,
    guarda los mandamientos"
    (San Mateo 19:17).

    El nombre de nuestro Señor Jesucristo es el pasaporte que nos permitirá entrar por las puertas de perla en la ciudad eterna.

¿Atestigua nuestra manera de vivir que llevamos dignamente su nombre?

    Apreciado estudiante de la Santa Palabra, el mundo del mañana no puede ser superado en belleza y perfección. Los cuadros más radiantes que podamos pintar de la Nueva Jerusalén quedan muy por debajo de la realidad.

    Es por esto que hemos llama-do a nuestro programa radial La Voz de la Esperanza. Queremos que en el corazón de cada uno de nuestros oyentes se anide la esperanza de este mundo mejor.

    ¿No desea usted prometer ahora mismo a su Salvador que se preparará a fin de poder salu-darlo cuando despunte la gran aurora?
 
 
      Esperanza Gozoso arriba e/ navegante al puerto y acaba su viaje e/ peregrino. ¡Con qué placer termina su camino e/ que cruzó por árido desierto! Grato es mirar e/ horizonte abierto, después de negro, abrumador destino, o disfrutar, en cambio repentino, glorioso triunfo, tras combate incierto. Más grato, mucho más, sin semejanza, será acabar la obscura travesía, donde tanta miseria nos alcanza; y en el cielo, a la luz de eterno día, ver a Dios satisfecha /a esperanza con la visión feliz que e/ alma ansia. Carlos Araujo   
 
 
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